Las persistentes precipitaciones que han marcado el otoño y el inicio del invierno en la provincia de Córdoba han puesto en jaque la planificación agrícola de la región. Según los últimos datos proporcionados por Asaja Córdoba, el exceso de humedad en los suelos ha provocado un retraso histórico en la campaña de cereales de invierno.
A estas alturas del año, cuando las labores de siembra ya deberían estar prácticamente concluidas, todavía queda por sembrar más del 20% de la superficie prevista. Esta situación, calificada por la organización agraria como «poco habitual», está generando una profunda preocupación en un sector que ya venía castigado por la inestabilidad de los mercados.
Un cambio de tendencia: el declive del trigo duro
Más allá del factor climático, la configuración del mapa agrícola cordobés está sufriendo transformaciones notables. Este año se ha registrado una reducción del 15% en la superficie dedicada al trigo duro, un cultivo tradicionalmente ligado a la producción de pastas alimenticias.
El motivo principal de este descenso es la baja rentabilidad que los agricultores han obtenido en las campañas más recientes. Para compensar este hueco, los productores están optando por alternativas como el trigo blando (utilizado principalmente en panadería y piensos) y el triticale.
¿Qué es el triticale? Es un cereal híbrido que nace del cruce entre el trigo y el centeno. Es especialmente valorado por su resistencia a condiciones climáticas adversas y enfermedades, lo que lo convierte en una opción segura frente a la incertidumbre actual.
El fantasma de los «cultivos de primavera»
El principal problema técnico radica en la imposibilidad de que la maquinaria pesada acceda a las parcelas debido al exceso de lodo. Si el temporal persiste durante las próximas semanas, muchos agricultores perderán la «ventana» óptima para el cereal de invierno y se verán forzados a cambiar su estrategia.
En este escenario, la única alternativa viable sería optar por los llamados cultivos de primavera, como el girasol o el garbanzo. Sin embargo, este cambio no es una decisión sencilla, ya que está estrechamente vinculado a la burocracia de la Política Agraria Común (PAC).
La PAC es el marco de ayudas de la Unión Europea que subvenciona al sector agrícola, pero exige el cumplimiento de normas estrictas sobre qué y cuándo se siembra. Un cambio de cultivo no planificado podría acarrear penalizaciones económicas si no se cuenta con el visto bueno de la administración.
Un SOS a la administración: flexibilidad o pérdidas
Ante este panorama, Asaja ha hecho un llamamiento urgente a las autoridades competentes. La organización insiste en que la administración debe reconocer esta situación como excepcional y aplicar medidas de flexibilidad administrativa.
El objetivo es que los agricultores puedan adaptar sus decisiones productivas a la realidad del clima sin miedo a perder las ayudas europeas. En una campaña marcada por la incertidumbre, el sector advierte que no contar con este respaldo supondría un perjuicio económico añadido que muchas explotaciones no podrían soportar.
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