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La nueva vida de El Charro de Triana, la voz operística que lo dejó todo por las rancheras

Francisco Javier Carbonero (Sevilla, 1981) es la persona. El Charro de Triana es la estrella, el cantante, el amante de México de alma mexicana que nunca pisó la tierra de Pancho Villa o Zapata, de Vicente o Alejandro Fernández; de Jorge Negrete o Chavela Vargas. Pero este trianero canta como si fuera de Guanajuato, Zapopan o Jalisco. La vida le ha dado una segunda oportunidad, después de que le amputaran un pie por la diabetes derivada de su adicción a los refrescos.

En la garganta lleva a las rancheras desde que un día de 2007 cuando escuchó un dvd de Alejandro Fernández, ‘De México a Madrid sin escalas’. Fue un amor no a primera vista, porque nunca ha estado en México, pero sí a primera escucha. Tan adentro le llegó el dardo mexicano que dejó la ópera, el belle canto, el Teatro de la Maestranza donde era componente del coro, todo, por las rancheras. “Yo dije, quiero cantar como este hombre y decidí desde ese momento dejar todo, porque me obligaron también, y aparte yo también decidí dejarlo y empezar a cantar música ranchera”.

Trianero mexicano

Camina por Triana vestido de charro como si lo hiciera por Aguascalientes. Firme y orgulloso. Pero El Charro de Triana no empezó con ese nombre. “Yo me anunciaba como Francisco de Triana. Un día me ‘enfrenté’ en un duelo de rancheras en un local de música de la calle Castilla con un mexicano. Él se anunciaba como El Charro Negro. Los mexicanos que estaban allí me decían que yo era un charro. Yo no sabía lo que era eso de charro, no tenía ni idea. Les pregunté desde el escenario, “oye, ¿qué me estáis diciendo?» y me respondían, «¿tú no eres el de México?», «no, soy de Triana”, y así surgió mi nombre artístico.

De media sangre gitana por su madre, Javier busca antepasados suyos en México. “Por parte de mi padre fui tirando y encontré a mi tatarabuelo, que era militar y de México, entonces de ahí me viene ese poquito de sangre. De ahí ha saltado a mí y es lo curioso porque no he pisado nunca tierra mexicana, yo conozco México de hace 15 o 16 años prácticamente, porque empecé a cantar”.

Virgen de Guadalupe y la O

Este descubrimiento tardío le ha llevado a implicarse en las tradiciones mexicanas en Sevilla. Ya se estrenó cantando en la celebración de la Fiesta de la Independencia celebrada en el Parque de los Príncipes por la comunidad mexicana en Sevilla.

Ahora, El Charro ayuda a recuperar una tradición hermosa como es cantarle las mañanitas a un cuadro de la Virgen de Guadalupe que hay en la iglesia de la O. Ese cuadro lo donó un mexicano amigo de Ariza El Viejo, saga de capataces estrechamente vinculada a la cofradía de La O.

“Yo soy vecino, vivo en el Antiguo Teatro de Triana, mi parroquia es la O y, además, estoy muy vinculado también a la hermandad. En cuanto me percaté del cuadro me llamó la atención y empecé a decidir que si se podía hacer una misa. Hablé primero con la hermandad, me dijeron que sí; hablé con la asociación de mexicanos y también estuvieron de acuerdo; y empezamos a retomar esa misa que se hacía hace muchísimos años, cuando se puso el cuadro por primera vez. Todos los años, aunque sea misa o el ángelus, se le traen las mañanitas a la Virgen de Guadalupe como si estuviéramos en México. Tanto la hermandad, parroquia, la asociación de mexicanos, como toda Triana y Sevilla la han cogido de forma fenomenal, pues la verdad es que cada año se vinculan más y llega más gente”.

Dieciocho litros de refrescos diarios

Javier, El Charro de Triana, es una figura habitual en la Avenida de la Constitución. En una esquina, casi siempre cerca del Banco de España, su característica voz ha sonado llenando de aires de rancheras las mañanas. Pero la vida le ha dado un aviso serio. La diabetes y los excesos le han llevado a perder un pie.

Él lo reconoce abiertamente: “Era un yonki de los refrescos. Tomaba hasta dieciocho litros al día, fácilmente”. Ello derivó en problemas de circulación. “Tenía unas úlceras plantares y el 18 de diciembre de 2024 se me complicó la úlcera y se infectó el dedo de tal manera que me comió todo el hueso y parte de la planta. Me amputaron primero el dedo, después parte de la planta y el talón.  Me dieron el alta y tuve una septicemia el 2 de mayo”.

“Estoy vivo gracias a mi médica de cabecera y a mi enfermero que me estaba curando cuando me dio una parada cardiorrespiratoria. Estuve 15 minutos muerto»

Una infección que casi le quita la vida. “Estoy vivo gracias a mi médica de cabecera y a mi enfermero que me estaba curando cuando me dio una parada cardiorrespiratoria. Estuve 15 minutos muerto, me llevaron a la UCI y la septicemia se me complicó tanto que me tuvieron que hacer una amputación tibial por debajo de la rodilla”.

El Charro lo cuenta consciente del peligro que corrió y agradecido a Jesús Nazareno de la O, cuya estampa tenía a la izquierda de su cama hospitalaria y a quién se aferra al recordar que “la infección me rodeó el pulmón izquierdo y el corazón; y Él me ayudó”. Y junto a Él quiere salir el Viernes Santo, “hasta donde la pierna me deje”.

Desde entonces, El Charro de Triana se adapta a una prótesis, “y soy uno de los más rápidos en rehabilitación, estoy estupendamente caminando y volviendo a la vida, volviendo a cantar”.

Aunque ahora la realidad para cantar de pie es más complicada. “Pues la compagino exactamente igual, lo que pasa es que he ido agarrando hábitos diferentes, entre ellos sentarme. Ahora por ejemplo canto sentado, voy con una banqueta, intento cantar de pie porque es mi forma de cantar, pero bueno, voy compaginando eso”.

“Yo era adicto a los refrescos, me daba lo mismo la marca, el color, el sabor, estaba enganchado al gas y eso fue lo que me hizo ser diabético»

De momento no canta en la calle, aunque quiere volver, “aunque para mí es más difícil porque, aunque tengo equilibrio, la gente está más cerca y cualquier cosa, por ejemplo, como el suelo, puede complicarme un poco más, aunque gracias a Dios he vuelto otra vez y he vuelto a cantar en restaurantes, en fiestas, parece que la gente estaba esperándome detrás de la puerta, después de un año sabático”, bromea.

Por último, Javier quiere que su experiencia sirva de ejemplo. “Yo era adicto a los refrescos, me daba lo mismo la marca, el color, el sabor, estaba enganchado al gas y eso fue lo que me hizo ser diabético. Gracias a Dios he dejado de ser adicto a los refrescos y quiero mandar un mensaje a todo el mundo que intente por favor no tomar tantos refrescos, porque hacen muchísimo daño y cuando nos damos cuenta muchas veces es tarde”.

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