El muro sigue ahí. Agrietado, mordido por el tiempo y por las lluvias, desmoronándose poco a poco junto a la vía del Cercanías en Benalmádena. Un muro que ya ha perdido parte de su cuerpo y que, aun así, continúa sosteniendo una vivienda en la parte superior y conviviendo a escasos metros del paso diario de los trenes. Para los vecinos, es una amenaza visible. Para Adif, no lo es.
«Pues ya lo vemos», dicen quienes pasan cada día junto a la estructura dañada. Porque lo que se ve no es una hipótesis ni una exageración vecinal: hay desprendimientos, hay grietas y hay un hueco que crece . Un deterioro evidente que se puede apreciar en la calle Medina Azahara de Benalmádena, y que ha llevado incluso a los bomberos de Benalmádena a interesarse por el estado del muro y a pedir explicaciones. La imagen es clara: un muro de contención que ya no contiene del todo.
Sin embargo, desde el administrador de infraestructuras ferroviarias el mensaje es de calma. Los trenes circulan con normalidad por la red de Cercanías C1 de Málaga y, según Adif, no consta ninguna incidencia que sea “incompatible con el paso de los trenes”. La frase es técnicamente correcta, pero deja un regusto amargo. Porque lo incompatible no siempre es lo inmediato; a veces es lo evitable.
«No hay quejas formales»
Adif asegura no haber recibido quejas formales y recuerda que los ciudadanos deben canalizar sus reclamaciones a través de los cauces oficiales: la propia entidad o el ayuntamiento correspondiente sería el encargado oficial de transmitir la preocupación mediante un informe a la entidad correspondiente. Como si la preocupación solo existiera cuando se registra por escrito. Como si el muro necesitara un sello para seguir cayéndose.
Mientras tanto, mantenimiento “habrá tomado nota”, señalan las autoridades. Y mientras se toma nota, el muro sigue allí, desafiando a la gravedad y a la paciencia de quienes viven bajo su sombra. Los vecinos no hablan de alarmismo, hablan de prevención. De actuar antes de que el problema deje de ser “compatible” con nada.
La escena resume una vieja tensión: la distancia entre el lenguaje técnico y la percepción ciudadana. Para unos, no hay peligro mientras los trenes sigan pasando. Para otros, el peligro está precisamente en esperar a que dejen de hacerlo. El muro no habla. No presenta quejas. Simplemente se agrieta. Y cae. Y recuerda que, en infraestructuras, la seguridad no siempre avisa dos veces.
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