Espacio Natural de Doñana publicó hace unos días en sus redes sociales una imagen satelital -correspondiente al 14 de febrero- en la que se observan las marismas del Parque Nacional andaluz totalmente inundadas tras el paso de las borrascas. La fotografía, capturada desde el espacio por un dispositivo del programa Copernicus, muestra amplias zonas del Bajo Guadalquivir anegadas por unas lluvias -casi 600 litros por metro cuadrado- que no caían en tal abundancia desde hace más de quince años y que han servido para renacer temporalmente los trazos de un antiquísimo mar, el cual tuvo sus orillas en la propia capital de Sevilla: el Golfo Tartésico, también conocido como ‘Lacus Ligustinus’.
Al comparar esa panorámica actual con los mapas históricos, se aprecia nítidamente la correspondencia de lo inundado con lo que un día fuera ese mar tartésico circular, con el brazo de arena característico de sus últimas fases haciendo de cierre en la actual desembocadura del Guadalquivir y el entorno del municipio de Sanlúcar de Barrameda, y que llegó a unir por agua los núcleos de las actuales Sevilla y Cádiz y las proximidades de Huelva ocupando numerosos términos municipales del Aljarafe y Bajo Guadalquivir.

Aquello que un día fuera un inmeso mar, hace 100.000 años se había ya estabilizado como una ensenada marina de baja profundidad y zonas farragosas, un escenario parecido probablamente al que presenta en estos días. Entonces el río grande, que hoy conocemos como Guadalquivir y que antes fue Betis, desembocaba en el entorno de la capital de Sevilla. Allí confluía el agua dulce con el agua salada arrastrada por los cambios de marea, un encuentro de corrientes que todavía se produce en municipios sevillanos aguas abajo de la capital.
La desaparición del Golfo
Se especula entre los expertos que a partir de la época tardorromana, entre los siglos II y V d.C, esta ensenada inició un declive creciente por el natural arrastre de sedimentos del Guadalquivir, dando lugar a una colmatación del terreno y a una reducción de las zonas navegables, y especialmente por el efecto de catástrofes naturales como tsunamis y terremotos, que transformaron su geografía radicalmente. Sin ir más lejos, hace justo tres años un grupo de científicos de universidades españolas y extanjeras certificó que un gran maremoto destruyó la ciudad romana de Baeloclaudia en el siglo IV d.C.
En la época medieval es cuando este entorno se va afianzando como marisma, con mayores zonas inundables que las actuales pero con un paisaje que progresivamente se asemejaría más al presente. Desde estos siglos es una reserva natural de fauna y flora única en Europa, clave en la conservación de especies amenazadas de aves, anfibios y por supuesto el lince ibérico, pero que se ha visto mermada durante décadas por la sequía y especialmente por las extracciones ilegales de agua para regadío, llevando al límite la situación del Parque, que gracias a las borrascas de los últimos meses recupera en estos días su mejor versión con enormes balsas de agua de cara a la primavera.
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