Aurelio Díaz, medico traumatólogo analiza, paso a paso y con rigor científico, el sufrimiento físico que describen los Evangelios durante la pasión de Cristo en el programa Benalmádena Cofrade de 101TV Costa del Sol de este pasado 24 de febrero.

La ciencia y la fe no tienen por qué ser enemigas. Esa es la premisa de la que parte Aurelio Díaz, traumatólogo especializado en el estudio médico de la crucifixión, quien ha dedicado años a reconstruir, desde la anatomía y la fisiología, qué pudo ocurrir en el cuerpo de Jesús durante las horas que narran los Evangelios.
El sudor de sangre, un fenómeno real
Uno de los episodios más llamativos es el de Jesús sudando sangre en el huerto de los Olivos. Lejos de tratarse de una metáfora, Díaz lo explica a través de un fenómeno documentado en medicina llamado hematidrosis. Bajo situaciones de estrés extremo —y Jesús llegaba a ese momento tras ayunos prolongados, deshidratación y un miedo intenso ante lo que se avecinaba— el cuerpo libera grandes cantidades de adrenalina. Esa hormona dilata los vasos sanguíneos más superficiales y altera las glándulas sudoríparas, provocando un sudor rosado o más oscuro en el que aparecen glóbulos rojos.
El propio traumatólogo asegura haber visto este fenómeno una sola vez en su carrera, en un paciente gravemente herido tras un accidente de tráfico.

La flagelación: mucho más que latigazos
Tras su detención, Jesús fue sometido a la flagelación romana, un castigo brutal que iba mucho más allá de simples golpes. Los flagelos —látigos con cuerdas o tiras de cuero rematadas en huesos, bolas metálicas o pesas de plomo— no solo desgarraban la piel, sino también músculos y tejidos profundos. Podían llegar a las costillas e incluso, en los casos más extremos, dejar expuestas las vísceras del condenado.

Las hemorragias y la destrucción muscular generaban lo que en medicina se conoce como acidosis metabólica: una alteración del equilibrio químico del organismo que compromete órganos vitales como el riñón y el sistema cardiorrespiratorio. La tradición habla de unos cuarenta azotes, cifra compatible con las marcas estudiadas en la Sábana Santa.
Pese a todo, Jesús conservó fuerzas para cargar con el madero horizontal de la cruz camino del Calvario. Para Díaz, eso indica que los soldados «midieron» el castigo deliberadamente para no matarlo antes de la crucifixión.

Una corona que era más bien un casco
La corona de espinas, según el especialista, no era una simple diadema sino algo más parecido a un casco que rodeaba toda la cabeza. El cuero cabelludo es una zona con abundante riego sanguíneo y numerosas terminaciones nerviosas, por lo que cualquier herida allí sangra con profusión y resulta especialmente dolorosa. Con cada movimiento durante el camino al Calvario, las púas se clavaban de nuevo, contribuyendo a una pérdida de sangre progresiva y a un agotamiento creciente.

Los clavos y el debate anatómico
Sobre el lugar exacto donde se clavaron los clavos en las manos, existe un debate médico sin resolver. Algunas teorías apuntan a la muñeca, pero Díaz considera poco probable que un verdugo pudiera acertar con precisión en ese espacio reducido. Tras realizar estudios en cadáveres, el traumatólogo concluye que los clavos atravesaron la palma de la mano, donde unos pequeños pero resistentes ligamentos entre los huesos metacarpianos —los que forman el esqueleto de la palma— serían capaces de soportar el peso del cuerpo sin desgarrarse.
La aparente contradicción con la imagen de la Sábana Santa, que parece mostrar la marca en la muñeca, la atribuye a las arrugas del lino, que distorsionan las proporciones del cuerpo.

La lanzada final: ¿un gesto terapéutico?
El Evangelio de Juan relata que un soldado romano atravesó el costado de Jesús con una lanza, de la que brotaron «sangre y agua». Díaz interpreta ese episodio como una punción del tórax para liberar líquido acumulado alrededor del pulmón —lo que la medicina llama derrame pleural—, provocado por los golpes y la flagelación recibidos. Al introducir la lanza entre las costillas, el soldado habría liberado esa acumulación de sangre y líquido inflamatorio.

La pregunta que el especialista deja en el aire es incómoda: ¿esa lanzada contribuyó a la muerte de Jesús o, paradójicamente, al descomprimir el pulmón, pudo mejorar brevemente su capacidad para respirar? No da una respuesta definitiva, pero señala que, en términos estrictamente médicos, el gesto se parece a lo que hoy se practica en los hospitales para tratar un derrame pleural.

Los límites de la ciencia
Díaz concluye que la ciencia puede iluminar mucho sobre el sufrimiento físico de Cristo, pero reconoce que tiene límites. La resurrección, afirma, pertenece al ámbito de la fe, no al de la medicina. Para los creyentes, recuerda, la historia no termina en la muerte violenta, sino en lo que consideran el núcleo de la fe cristiana: que al tercer día resucitó.

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