La antesala de la Semana Santa en Sevilla se mide en pequeños gestos que no siempre salen en los medios de comunicación, pero que se sienten de una forma especial. Este martes 24 de marzo, en la capilla del Dulce Nombre de Jesús, el Cristo de la Vera Cruz dejó de ser solo contemplado para convertirse en experiencia viva a través del tacto.
Cuando el crucificado desciende de su camarín, se produce el anuncio íntimo de que pronto subirá a su paso. Pero antes, recibe una visita especial: la de los invidentes de la ONCE y de otras entidades, que encuentran en sus manos una forma distinta de mirar a Dios.
La fe a través del tacto
Para quienes participan, la experiencia trasciende cualquier descripción. José María Solís, integrante del grupo de la Fundación ONCE, lo expresa con emoción contenida: “La verdad es que ha sido, desde la fe, una cosa grande, muy bonita. Cuando he tocado la llaga y eso, me ha llegado, me ha llegado”.
Sus palabras dibujan una lucha interior entre el recuerdo y el presente: “Estar tocando algo que yo había visto, pero que no voy a volver a ver más es algo muy grande» Y añade, con una sinceridad desgarradora: “La diferencia de haberlo visto antes es que ahora no veo esa elasticidad, sino veo rigidez por todos lados. Entonces, ahí estoy luchando en mi cabeza entre la elasticidad y la rigidez”.
A su lado, Javier Cano descubre matices que antes pasaban desapercibidos: “La realidad que expresa el Cristo se aprecia en los detalles, en sus pies, sus manos, su boca, sobre todo en la llaga. Es tan realista que parece que todavía está brotando la sangre de Cristo”.
El tacto, en ausencia de la vista, se convierte en revelación: “Ahora que tengo la visión perdida totalmente y puedo tocar, esos detalles se agudizan más porque son más realistas. Notas cosas que con la vista tú no has podido percibir”.
Un encuentro que transforma
“Después de tantos días dedicados durante la cuaresma a los ensayos de costalero, a los trabajos de priostía, a todo lo que conlleva la organización de la Semana Santa, este día es como una bocanada de aire fresco”, explica José María Tortajada, hermano mayor de la Hermandad de la Vera Cruz.
El templo se llena entonces de silencio y emoción. “Llegan los invidentes, las personas que tienen dificultades a encontrarse con Dios. De la manera que ellos pueden sentirlo es con sus manos, no con sus ojos”, añade. Y en ese gesto sencillo, casi invisible para muchos, se encierra el sentido más hondo de los titulares de esta corporación.
No solo acuden invidentes, también llegan fieles en silla de ruedas desde otras fundaciones. “Se acercan, se abrazan a Cristo y nosotros somos felices en ese momento porque nos damos cuenta realmente para lo que tenemos las imágenes, que es para que lleguen al corazón de los que todos los necesitan”, subraya Tortajada.
En Sevilla, donde la Semana Santa se vive con los cinco sentidos, hay días como este en los que basta solo el tacto para entenderlo todo.
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