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Bacalao, borrachuelos y limón cascarúo: lo que se come en Málaga durante la Semana Santa

Las procesiones, el incienso y la música no son los únicos protagonistas de la Semana Santa en Málaga. La gastronomía ocupa también un lugar central en estas fechas, con un recetario que mezcla siglos de tradición religiosa, herencia andalusí e ingenio popular. Del bacalao en todas sus formas a los dulces de sartén, la provincia tiene su propia manera de sentarse a la mesa durante la Cuaresma y la Pascua.

Por qué el bacalao se convirtió en el rey de estas fechas

El origen de esta cocina está en el mandato religioso de no comer carne durante la Cuaresma, el período de cuarenta días que precede a la Semana Santa. Esa restricción llevó a las familias a buscar alternativas, y el pescado —especialmente el bacalao en salazón— se impuso como solución natural. Era asequible, fácil de conservar y saciaba bien. Con el tiempo, lo que nació como una obligación religiosa se convirtió en tradición.

En Málaga, esa herencia sigue plenamente viva. El plato más representativo del Viernes Santo es el potaje de vigilia: un guiso de garbanzos con espinacas o acelgas y bacalao que resume como ningún otro la cocina cuaresmal de la provincia. Pero el bacalao no se queda ahí: las tortillitas, los buñuelos, el bacalao con tomate, a la plancha o en ensalada malagueña con naranja son preparaciones habituales en estas fechas. A ese repertorio se suman el caldillo de pintarroja y la fritura de pescado, platos que conectan la Cuaresma con la despensa cotidiana del litoral.

Un mapa de sabores por toda la provincia

La cocina de Semana Santa cambia de acento según el municipio, y eso convierte la provincia en una especie de ruta gastronómica. En la Axarquía, Vélez-Málaga tiene su propio plato estrella: el ajobacalao, una crema fría elaborada con pan, aceite, ajo, limón y bacalao. En Casabermeja destaca la porra de habas; en Antequera, el pío antequerano; en Alhaurín, el mojete alhaurino; y en Ojén, el singular potaje de castañas, que forma parte del recetario pascual de la comarca.

Esa diversidad no es casual. Es el resultado de generaciones de familias que han mantenido sus propias costumbres culinarias, convirtiéndolas en seña de identidad local. La mesa, en estos municipios, funciona como un archivo vivo de la memoria popular.

El capricho más malagueño: el limón cascarúo

Pocas costumbres gastronómicas de estas fechas son tan propias de la capital como el limón cascarúo. Se trata de una variedad de limón de corteza muy gruesa que se consume con sal o bicarbonato, no como postre, sino como tentempié refrescante durante la subida al Monte Calvario en la mañana del Viernes Santo.

No es un plato elaborado ni tiene ninguna complicación. Pero su carga simbólica es enorme: resume en un solo gesto la relación entre la calle, la devoción, el clima y la costumbre que define la Semana Santa malagueña.

Los dulces: torrijas, pestiños y borrachuelos

En el apartado de la repostería, las torrijas son las grandes protagonistas de la Cuaresma en toda España, y Málaga no es una excepción. Su historia es mucho más larga que la de la propia Semana Santa: hay antecedentes de este dulce en la Antigua Roma, y con el tiempo quedó asociado a los períodos de abstinencia por ser un alimento energético, barato y sin carne.

En la provincia, las torrijas conviven con los pestiños —pequeñas masas fritas elaboradas con vino, anís, ajonjolí, canela y miel— y con los borrachuelos, uno de los dulces más característicos de Málaga. Estos últimos, habitualmente rellenos de cabello de ángel o batata, tienen una clara ascendencia andalusí según varias fuentes.

La repostería de estas fiestas se completa con buñuelos, huesos de santo, arroz con leche, leche frita y elaboraciones muy locales como el arroz con castañas y miel de caña, vinculado a Alhaurín de la Torre.

El hornazo de Cártama: cuando llega la Pascua

En Cártama, el fin de la Cuaresma tiene su propio símbolo culinario: el hornazo, que allí se conoce popularmente como jornazo. Es una masa de pan con huevo duro incorporado que forma parte del patrimonio culinario local y cuenta con celebraciones específicas para mantener viva la tradición.

Su sentido es el mismo que el de otras masas y bollos con huevo que se consumen en Andalucía al término de la Cuaresma: celebrar el fin de las restricciones y la renovación que representa el Domingo de Resurrección.

La gastronomía de Semana Santa en Málaga es, en definitiva, algo más que una lista de recetas. Es una forma de contar la historia de la provincia a través de la mesa: la del ayuno convertido en costumbre, la del pescado elevado a símbolo y la de una repostería que guarda en su masa siglos de mestizaje cultural. Cada primavera, entre procesiones y tronos, la cocina malagueña confirma que la tradición también se hereda comiéndola.

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