El Viernes Santo despierta en Granada con un rumor contenido, como si la ciudad entera respirara más despacio. A las tres de la tarde, cuando la luz cae vertical y el tiempo parece suspenderse, la Soledad abandona la Iglesia de Santo Domingo. Es un solo paso, pero basta. En su andar corto y solemne por la plaza, Carnicería y el Realejo, la tarde se vuelve más densa, casi tangible. Al llegar al Campo del Príncipe el silencio pesa más que cualquier marcha. A las cuatro, cuando regresa a su templo, deja atrás una estela invisible: la de una ciudad que ha comenzado a llorar hacia dentro, donde el silencio también hace ruido.
Pero Granada no se detiene. La tarde avanza y las calles empiezan a poblarse de velas y de pasos. A las 16:00 horas, los Ferroviarios rompen la quietud desde San Juan de Letrán. Su caminar es largo, como una historia que se niega a terminar. Cruzan hospitales, plazas y calles estrechas donde el incienso se mezcla con la vida cotidiana. Cuando alcanzan la Carrera de la Virgen, ya entrada la noche, la ciudad es otra: más oscura, más recogida. Su regreso, pasada la medianoche, es el de quienes han atravesado no solo calles, sino también el pulso íntimo de Granada.
A media tarde, los Favores descienden, desde la Iglesia de San Cecilio, con la solemnidad de quien conoce el peso de la devoción. La cuesta, las piedras, las esquinas del Realejo parecen inclinarse a su paso. La noche los envuelve camino de la Catedral, y al regresar, ya de madrugada, el barrio los recibe como a hijos que vuelven del silencio.
Mientras tanto, Escolapios abre su cortejo desde San José de Calasanz. Dos pasos que avanzan con cadencia firme, atravesando el corazón de la ciudad. Cuando cruzan la Carrera Oficial, el murmullo del público se transforma en respeto contenido. Las luces, los cirios, el eco de las marchas convierten cada calle en un templo efímero. Su regreso, más allá de la medianoche, es lento, como si la noche quisiera retenerlos un poco más.
Y entonces llega la gravedad absoluta: el Santo Sepulcro. Sale cuando la noche ya es dueña de Granada. Desde Plaza Nueva, su recorrido parece dibujar un mapa del recogimiento. No hay prisa, no hay ruido. Solo el peso de la historia, el eco de siglos, el respeto que impone lo irreversible. Al volver a su templo, la ciudad queda suspendida en un silencio que no necesita explicación.
Casi al mismo tiempo, desde el Monasterio de San Jerónimo, otra Soledad inicia su caminar. Es distinta, pero igual de honda. Su itinerario es largo, atravesando las calles como si fuesen de algodón. Cuando entra en la Carrera de la Virgen, la noche está en su punto más profundo. Y cuando regresa, ya de madrugada, Granada parece haberse consumido en sí misma.
Así transcurre el Viernes Santo: desde la luz inmóvil de la tarde hasta la penumbra final de la madrugada. Una ciudad que no duerme, que no habla, que siente. Una ciudad que, por un día, una semana, convierte cada calle en memoria y cada paso en latido.
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