El sol brillaba sin una nube que le estorbara y sus brazos se extendían para tostar la piel de quienes desde muy temprano aguardaban en la fortaleza. Las miradas se clavaban en el portón con la misma fuerza con que incidían los rayos, cálidos hasta hacer sobrar la rebeca. Y de repente se abrió. La cruz de guía atravesó el dintel como lo hizo cuando Federico García Lorca podía relatar sus estaciones de penitencia, hermano de la cofradía, como heraldo de su salida. La reina del monumento más visitado de España, Santa María de la Alhambra, emprendía su visita anual por Granada, dispuesta a lucir su corona. Lo hizo deslumbrante, arropada por el cariño de toda la ciudad.
El Sábado Santo era suyo. No había quien le robara el foco, aunque cabe pensar que, si lo hubiera, probablemente lo tuviera complicado. Si la Alhambra es poco menos que la materialización del alma de Granada, la Virgen que la habita no se queda atrás. Y los granadinos, claro, ardían en deseos de ver el paso que reconstruye los palacios nazaríes recorrer sus calles, abarrotadas desde el mismo recinto monumental hasta el centro. Goza la hermandad de elementos que la acercan a sus corazones. Desde la propia pertenencia a la fortaleza hasta las consecuentes estampas que regala cada año.
Cruzó con brío la Puerta del Vino, como ensayo para el complejo test de la Puerta de la Justicia. Ahí sí que tuvo que zigzaguear con delicadeza y pulso de cirujano. Bien mereció la posterior petalada, que aguardaba a que asomara ya para enfilar el camino hacia Granada. Hasta la ciudad le esperaba la Cuesta de Gomérez, tras la que permanecían apostados miles de devotos, a lo largo de un extenso recorrido hasta alcanzar la carrera oficial.
La única, antes del milagro
Apenas arribó, cruzó su mirada con la de la Patrona de Granada. Las dos Angustias, dolorosas por encima del resto, en un efímero momento de los que en la memoria viven para siempre. En el cortejo acompañaban a la reina de la Alhambra hermanos de la Virgen que da nombre a la Basílica, que saludaron a su madre con una cortés reverencia. En Ángel Ganivet recibió la venia de la Federación de Cofradías, como única hermandad que marcaría el camino de cera en esta jornada, y extendió después su paseo hasta bien entrada la madrugada.
Allí, de vuelta a su templo, todavía esperaba Granada. Los muros de la Alhambra recogieron el momento, en una intimidad mágica que precipita los últimos latidos de la Pasión granadina. Ya casi se despide. Solo falta el milagro.

