Un año después de que España entera se quedara a oscuras, Pilar recorre uno a uno los puestos de la Feria del Libro de Granada. Fue la lectura, precisamente en lo que ahogó la inquietud durante casi un día entero de apagón. «Vivía en la Edad Media, pero tenía mis libros y era feliz», sonríe. Pero en el momento, recuerda, lo pasó mal. «Estaba en mi casa, tranquilamente. De pronto, escuché a mi padre: ‘¡Pili, que se ha ido la luz!’», relata. «Me asusté porque no sabía lo que estaba pasando. Pasaban las horas y no había solución», admite.
Un año del apagón histórico: las causas siguen envueltas en incertidumbre
Lo primero que hizo Pilar entonces fue salir. «Me fui a la casa de mi hermana, cogí el coche y pregunté, porque no tenía ni siquiera radio en ese momento. Ahora, sin radio, tampoco vives», reflexiona. Condujo, reconoce, «asustada», pues «los semáforos no funcionaban». Pero, claro, tenía que recoger a su madre en el centro de día. Allí, en el asiento del piloto, fue cuando pudo entender qué sucedía. «Lo tuve más jodido, porque vino la luz y a los cinco minutos se volvió a ir para no regresar hasta el mediodía siguiente», detalla.
Ana aprovecha a los pies de la Alhambra una escapada junto a su hermana Asunción, pero todo le pilló en su Barcelona natal. «Estaba en clase de literatura y se fue la luz. Pensaba que era un problema del casal en el que me encontraba. Bajó enseguida la directora para decirnos que saliéramos porque no había luz en todo el edificio. Salimos pensando que había sido solo un apagón, pero a medida que íbamos avanzando por la calle, veíamos que no solamente había sido aquí«, narra. Fue cuando comprendió que «era algo más fuerte».
Regresó a casa caminando, con el Metro parado, y hubo de subir por la escalera. «Teníamos una radio con pilas y la estuvimos escuchando, nos estuvimos informando hasta que vino, a las 21.00 horas. No comimos en todo el día porque la nevera tampoco la podíamos abrir, porque no sabíamos cuánto iba a durar el apagón», abunda Ana, quien, no obstante, asevera que en su domicilio estuvieron todos «tranquilos». «Nos decían que era un apagón general, pero que se solucionaría. Estábamos incomunicados totalmente», apostilla. «A mí me agobió un poquito no tener luz», puntualiza su hermana Asunción. «Vivo en una casa, así que la alarma y todo… No duermo tranquila. Había que esperar y ya está. No había otra solución», se encoge.
«Teníamos que hacer un examen y se apagaron todas las luces»
Julia pasea, helado en mano, junto a Lola. Estudiantes, tuvieron que vivirlo desde una desconexión que les resulta ajena. «Estaba en clase. Teníamos que hacer un examen y se apagaron todas las luces. No pudimos hacerlo al final. Como yo vivo en una casa de campo, no lo pasé tan mal, porque vi las estrellas por la noche y eso. Me dio mucho susto, pero me gustó», argumenta la primera de ellas, que no esconde una pequeña satisfacción porque no tuvo que examinarse. «Me libré», sonríe.
Lola también estaba en clase. «Cuando nos dieron la noticia, bien, pero conforme vimos que era en toda España, empezamos a asustarnos más. Había gente cuyo portal era automático y no sabía si iba a poder entrar. Los semáforos… Era un poco jaleo», abunda. «Estuve estudiando con una vela. Podría no haberlo hecho porque luego me libré del examen del día siguiente también, pero bueno. Por la noche, mi padre hizo como una minihoguera en el patio», rememora.
«No sabíamos si íbamos a poder trabajar»
Juan y Toñi lo vivieron fuera de casa. «Estábamos echando el fin de semana de descanso, de un negocio que tenemos. Íbamos dando un paseo y vimos que se había ido la luz. Nos dijeron que era un apagón general. Tuvimos que irnos para el pueblo. No pudimos hacer más nada», exponen, sentados en uno de los bancos que rodean a la Fuente de las Batallas. En Marmolejos, donde viven, se encontraron con una puerta cerrada. «No podíamos abrir la cochera porque no había electricidad», apunta él.
«Vivimos la vida antigua, lo que era en los años 70 y 80», agrega. «Lo pasamos en familia, con las nenas jugando a juegos de mesa, charlando y contándoles las vivencias nuestras de aquellos años, cuando no tenías más que una televisión», añade Toñi. Por dentro, sin embargo, les quemaba una preocupación. «Tenemos un negocio de hostelería que teníamos que abrir al día siguiente, y no sabíamos si íbamos a poder trabajar después de tres días de descanso», exteriorizan, aunque hacia las 2.30 horas pudieron respirar de nuevo.
En la Heladería La Rosa todo el material se les fue al traste. «Estuvimos todo el día a oscuras, con los frigoríficos sin luz. Aguantamos con el frío que pudimos hasta que tuvimos que cerrar. Al día siguiente, todo destruido, no servía nada», detalla Gema al otro lado del mostrador. «Tuvimos que cerrar con antelación porque el producto no se podía servir sin el frío, sin la luz», incide. Reinaba, afirma, la «tensión». «La gente entraba con la linterna del móvil», rescata de la memoria.

