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Adiós a las bebidas energéticas: España prohibirá el consumo a los menores de 16 años

Las bebidas energéticas llevan años ocupando un lugar visible en los lineales de los supermercados y en la vida cotidiana de adolescentes y jóvenes. Latas de colores eléctricos, promesas de rendimiento inmediato y una narrativa asociada al éxito, la resistencia y la diversión. Pero detrás de esa estética vibrante se esconde una pregunta cada vez más incómoda: ¿a qué precio se consume esa energía embotellada?

El anuncio del Gobierno de prohibir la venta de bebidas energéticas a menores de 16 años ha reabierto un debate que llevaba tiempo latente. No es una decisión improvisada. Los datos sanitarios y los estudios de consumo muestran una realidad preocupante: cada vez más menores incorporan estas bebidas a su rutina diaria, muchas veces sin ser plenamente conscientes de sus efectos. Altas dosis de cafeína, azúcares y otros estimulantes pueden provocar desde insomnio y nerviosismo hasta taquicardias o problemas de concentración, especialmente en organismos que aún están en desarrollo.

La restricción puede ampliarse a los 18 años

La iniciativa, presentada por el ministro Pablo Bustinduy, va aún más allá: para aquellas bebidas con más de 32 miligramos de cafeína por cada 100 mililitros, la restricción de edad se ampliaría hasta los 18 años, situando a estos productos en un nivel de regulación similar al del alcohol y el tabaco.

Según los datos adelantados por la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), la medida cuenta con un apoyo social superior al 90 %, y entre los jóvenes de 18 a 35 años, casi nueve de cada diez ven con buenos ojos esta prohibición.

El respaldo social parece amplio. Padres, profesionales sanitarios y docentes llevan años alertando del consumo precoz de estos productos, sobre todo en entornos escolares o asociados al ocio nocturno juvenil. Aun así, la iniciativa no está exenta de polémica. Hay quien habla de exceso de paternalismo y defiende la responsabilidad individual y familiar como principal herramienta de control. Otros recuerdan que la presión publicitaria y la normalización del consumo hacen difícil que esa responsabilidad se ejerza en igualdad de condiciones.

La idea de «la lata combate el cansancio»

Más allá de la prohibición, el debate apunta a un problema más profundo: el modelo de consumo que se transmite a las nuevas generaciones. La idea de que el cansancio se combate con una lata, que el rendimiento no tiene límites y que el cuerpo puede forzarse indefinidamente. Regular las bebidas energéticas no resolverá por sí solo estas dinámicas, pero sí lanza un mensaje claro.

Dormir mejor, alimentarse bien y respetar los ritmos del cuerpo siguen siendo fórmulas menos vistosas, pero mucho más eficaces. Mientras tanto, el país se prepara para una norma que busca apagar, al menos entre los más jóvenes, una chispa que estaba ardiendo sin demasiados controles.

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