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Blas Infante, el padre inspirador que Andalucía aún desconoce

Hace unos días se viralizaba la intervención de un concejal de Vox de la localidad sevillana de Alcalá de Guadaíra en la que catalogaba el pensamiento de Blas Infante (Casares, 1885) de completo «disparate».  Acto seguido, lo definía como poco de antidemócrata, islamista, independentista, y otra serie de amables adjetivos. Lo hacía tras criticar al resto de formaciones por exaltar su figura «sin haber leído un solo texto» del mismo, una acusación por la que, por su errado y malintencionado discurso, no podría dar ejemplo, pero en cuyo trasfondo, debe reconocerse, se escondía una verdad: el pensamiento de Infante sigue siendo un gran desconocido para buena parte de los andaluces.

Sabido es que la consideración de Infante como «padre de la patria» le viene de su fiel defensa de la igualdad de Andalucía frente al resto de regiones españolas durante la primera mitad del siglo XX. Ese es el mantra repetido cada 28 de febrero en los actos y discursos que acogen las infinitas calles, plazas, centros y asociaciones que portan hoy su nombre. Y es cierto. Este ilustre casareño defendió la dignidad del pueblo andaluz -hasta su fusilamiento por una cuadrilla franquista en 1936- y sentó las bases para su posterior autonomía en su ‘Ideal Andaluz’, su gran obra, esa en la que plasma algunas de las claves de sus pensamiento.

España federal

El andalucismo de Blas Infante no era independentista. Su proyecto de Andalucía no tenía por qué ser contrario a su integración en España, es más, sus ideales reales eran iberistas como los de Unamuno o los portugueses Fernando Pessoa y Saramago. Su remate del himno «Por Andalucía libre, España y la Humanidad» dan prueba de ello, claro que su concepción de país distaba mucho de la centralizadora España de entonces y sus aspiraciones eran la de una España federal -a semejanza de la reconocida en la constitución estadounidense- como única solución de convivencia a la diversidad cultural de la Península.

El acuerdo por la creación de las comunidades autónomas tras la dictadura se inspira en este modelo, aunque con claras limitaciones. Infante soñaba con una Federación Ibérica donde Andalucía contase con la libertad para volver a expresar su genio e imponerse en el «pugilato de las naciones», algo así como una competencia sana de los pueblos por imponer su estilo.

Esencias de un pueblo arcaico

Una de las grandes reivindicaciones de Blas Infante es la antigüedad de la esencia del pueblo andaluz. Y en este alarde, las fuertes conexiones de la región con el antiguo Oriente y Grecia desde hace milenios juegan un papel indispensable, algo que confirman constantemente estudios arqueológicos y antropológicos. Tan antigua -y por descubrir aún- es esa imbricación entre territorios que Infante llega al extremo de proponer que el alfabeto, simbologías y otros conocimientos aparentemente importados fueran realmente exportados desde esta punta oeste al este.

En su filosofía, esa continuidad del estilo del pueblo andaluz es apreciable desde Tartessos -un pueblo navegante, comerciante, no bélico y en el que el toro ya era el animal sagrado-, pasando por la Bética romana, que casualmente ya delimitaba gran parte de la geografía actual andaluza y que a diferencia del resto de territorios peninsulares dispuso de la condición exclusiva de provincia senatorial, en igualdad que las de la Península Itálica, por su alto grado de asimilación con los conceptos romanos. Ese concepto, esa cultura, no era otra que el Mediterráneo, que llevaba impreso en los pueblos andaluces milenios y del cual, indudablemente, llegó Al Ándalus.

En línea con la tesis del brillante Américo Castro, Blas Infante supo ver en Al Ándalus el culmen de ese espíritu andaluz, con una lectura autóctona, alejada de la mitología nacional católica que construyó un relato extranjerizador y anacrónico posterior sobre esta época y que se profundizó en las escuelas desde el franquismo. Al Ándalus definía un territorio, la anterior Hispania, en la que el estilo de los pueblos del sur, alimentado constantemente por ese Mediterráneo generador de ideas, volvió a ser una vez más director de culturas en la Península gracias a una superioridad científica, intelectual y técnica sin la cual no habría existido el Renacimiento europeo.

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A cada pueblo su cultura

Aunque a veces pudiera servirse del vocablo, Infante era contrario al concepto de nación y, por ende, al Principio de las Nacionalidades. Entendía que la nación era un constructo moderno creado por la oligarquía para homogeneizar y someter a los pueblos bajo la estructura jurídica del Estado-nación. En contraposición a la idea de «A cada nación, un Estado» defendía el Principio de las Culturas, o lo que es lo mismo, «A cada pueblo, su cultura», ya que esta era la expresión frente a las condiciones naturales, la búsqueda de la libertad de un pueblo y el medio por el que todos los hombres eran hermanos. Su nacionalismo, si algo era, era humano.

Para Infante -en un sentido primordialista- esa evolución natural, la libertad del Ser, se perdió con la conquista cristiana, a partir de la cual se anatemizó a más de la mitad de la población, obligando a su conversión y al esfuerzo por aparentar ser castellano y cristiano viejo. A ello siguieron los repartos de las tierras  conquistadas, divididas en grandes latifundios entre casas nobles del norte cristiano frente a la masa desprovista de tierras, y por tanto, de prosperidad.

La mísera vida de los jornaleros de su Casares natal -situación extensible al resto de pueblos andaluces- bajo el yugo de los dueños de la tierra, el menosprecio de las clases por su habla, su gran historia acallada y la extendida consideración de su cultura como vulgar por el resto de regiones. Todo ello llevó a Blas Infante a la identificación simbólica del morisco en su pueblo, y a tratar de reanimar la conciencia de aquellas gentes tras siglos de guerra.  En el código infantiniano, de toda esa injusticia silenciada había nacido el más universal de sus artes, el flamenco, del árabe ‘felah mencub’, campesino errante.

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