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La culebra ciega de las macetas, la invasora silenciosa que ya engrosa la lista de especies exóticas en Málaga

La globalización es un fenómeno multisectorial con múltiples fallas, y una incuestionable es su capacidad para, a través del comercio, inducir desequilibrios en los ecosistemas naturales a través de la introducción de especies invasoras. Solo en la provincia de Málaga, en las últimas décadas han aparecido decenas de especies foráneas con gran potencial para alterar hábitats y desplazar la vida autóctona, véase el sonado ejemplo de la cotorra argentina en localidades costeras o los casos más recientes del avispón y el alga asiática, a los que ahora cabe sumar la que es considerada como la serpiente invasora más numerosa del mundo y la más pequeña de su familia: la culebrilla ciega de las macetas o culebra ciega de Brahmán.

La primera citación oficial sobre la presencia de esta especie –Indotyphlops braminus– en suelo malagueño corresponde al herpetólogo Juan A. M. Barnestein, quien pudo observarla y fotografiarla hace unas semanas en un tramo de la senda litoral de la localidad de Estepona tras confundirla en un primer momento con una lombriz común que un mirlo intentaba comerse en un suelo pavimentado, rodeado de jardines y cañaverales, según se detalla en la publicación del Grupo Naturalista Sierra Bermeja (Grunsber).

El reciente descubrimiento de este inquilino inofensivo de las macetas, que ya ha sido publicado en el número 36 del Boletín de la Asociación Herpetológica Española, no es más que una confirmación del desafío que plantea la mundialización de los mercados para la biodiversidad, con especies de gran adaptabilidad transportándose de un espacio a otro, a la vez que convierte a Málaga en la segunda provincia andaluza en detectar esta pequeña serpiente no venenosa proveniente del sudeste asiático.

En el año 2011 el naturalista Francisco Luque la descubrió en el municipio de Aguadulce, en Almería, hasta la fecha considerado el único reducto de la especie en España y en el continente europeo. La localidad de Estepona sería el segundo, aunque lo cierto es que al ser un tipo de serpiente tan esquiva, que puede llegar a confundirse con un tipo de lombriz o con la culebrilla ciega autóctona de la mitad sur peninsular, no puede descartarse que haya colonizado otros enclaves ya no solo de la provincia, sino de Europa, y que sin embargo no haya sido aún identificada.

Hace justo un año un estudio científico confirmó su presencia en Sudamérica, concretamente en zonas urbanas de Guayaquil, en Ecuador. En regiones tropicales y subtropicales de Asia, África y Oceanía también se viene extendiendo desde hace años y la hipótesis más probable que plantean los biólogos es que su proliferación se vea facilitada constantemente por el comercio de plantas de decoración y la actividad de los viveros.

Competencia para la fauna autóctona

Según detallan los expertos el desempeño natural de esta culebrilla -cuyo tamaño oscila entre los 10 y 18 centímetros- se asemeja a la de la culebrilla ciega autóctona o Blanus, principal amenazada por su introducción, y como ella pasa la mayor parte del tiempo bajo tierra, envuelta entre las raíces, un hábito que de forma evidente favorece su transporte en macetas y dificulta su detección precoz sobre los ecosistemas.

A la izquierda la culebrilla ciega autóctona con su característico cuerpo anillado; a la derecha el ejemplar exótico

También existen similitudes en su apariencia aunque hay claves para diferenciarla de los ejemplares locales: la culebrilla ciega autóctona es más corta, más gruesa y su piel presenta un aspecto rugoso y anillado, mientras que esta especie exótica es notablemente más alargada, delgada y su piel no se exhibe tan escamosa, sino más bien brillante. Otra distinción clave está en su cabeza, que en la culebrilla indomalaya no es distinguible del resto del cuerpo, cuando en el ejemplar local sí que puede discernirse de su cuerpo anillado.

El otro agravante es que este tipo de serpientes se reproducen por partogénesis, es decir, no requieren de un gameto masculino, por lo que basta con un único ejemplar para desarrollar una población. Este es un aspecto cuyo impacto, de acuerdo con la comunidad científica, requiere ser observado para controlar la posible amenaza sobre los ecosistemas locales, puesto que entra en competencia por el alimento -sobretodo pequeños artrópodos- con su homólogo autóctono y puede alterar el desempeño de otras especies endémicas como vector de patógenos.

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