Lamine Yamal se fue a Sevilla dispuesto a perder su silla para, a cambio, pedir su trono en el fútbol mundial. Porque si La Roja es la mejor selección del planeta, a ver quién logra convencer de que el crack del Barça no es también el mejor futbolista sobre la faz de la Tierra. No fue su mejor partido, ni falta que le hizo. Le bastó con frotar la lámpara dos veces para acompañar un gol intermedio de Pubill, en el que firmó la asistencia, que sirvió a España para responder al empate de Beljo para Croacia. Lo de Nico Williams, ya al final, fue la guinda. Demoledor el joven aspirante al Balón de Oro; arrollador el combinado de De la Fuente.
El Sánchez-Pìzjuán sigue siendo talismán y La Roja continúa pareciendo imbatible, aunque cabe preguntarse si en la goleada contra Croacia influyó más el halo mágico que envuelve al estadio sevillista, el aura de la Selección o el descomunal talento de Lamine Yamal. El fútbol es cuando él quiere y quiso dos veces. Casi sin despeinarse, como un chaval travieso que, tras cada trastada, esboza una sonrisa pícara. La suya, todavía adolescente, es la de toda España.
Ficha técnica:
- España: Unai Simón; Marc Pubill, Pau Cubarsí, Dean Huijsen, Marc Cucurella; Martín Zubimendi (Rodri, min. 72), Fabián (Pedri, min. 57); Lamine Yamal (Víctor Muñoz, min. 68), Fermín (Mikel Merino, min. 57), Álex Baena (Nico Williams, min. 68): y Oyarzabal.
- Croacia: Livakovic; Smolicic, Pongracic (Vuksovic, min. 46), Josip Sutalo, Josko Gvuardiol; Mateo Kovacic (Mario Pasalic, min. 60), Josip Misic; Marco Pasalic, Petar Sucic (Luka Modric, min. 81), Ivan Perisic (Ivanovic, min. 72); y Dion Beljo (Ante Budimir, min. 60).
- Goles: 1-0: Lamine Yamal, min. 2; 1-1: Beljo, min. 28; 2-1: Pubill, min. 31; 3-1: Lamine Yamal, min. 63; 4-1: Nico Williams, min. 89.
- Árbitro: Serdar Gözübüyük, de la federación neerlandesa. Amonestó al local Álex Baena, así como a los visitantes Pongracic, Sucic, Pasalic y Misic.
- Incidencias: encuentro correspondiente a la 2ª jornada de la Liga de las Naciones, disputado en el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán, ante 40.294 espectadores.
Así fue el partido
Todavía había quien, emocionado, trataba de deshacer el nudo en la garganta que promovió la Centuria Romana Macarena cuando el joven futbolista hizo lo suyo. Combinó Cucurella para Álex Baeina, que quiso conectar con Fermín, pero el mediapunta la dejó para que Lamine inventara. Fue pragmático, una parábola endiablada inalcanzable para Livakovic y el estallido de la grada. Él era la tercera estrella.
España dominaba, casi dictatorial, y Croacia empequeñecía en su trinchera. Pero la comodidad dio paso a cierta modorra y los errores brotaron, aunque Unai Simón mantuviera los guantes intactos. Permanecieron como nuevos incluso cuando recogió el balón de la red. Cucurella perdonó y a Perisic se le afiló el colmillo. Encontró el espacio para templar la banana y Beljo, inadvertido entre Huijsen y Cubarsí, meció el esférico en la red con la testa.
La alegría en la curva croata, sin embargo, apenas duró un parpadeo. Lo que tardó Lamine Yamal en inventar otro truco. Esta vez, a la salida de un córner. Escarbó hasta hallar el hueco y detectó con el rabillo del ojo al infiltrado español en la zaga croata. Pubill cabeceó y la campeona del mundo, de nuevo, mandaba.
España mimaba la pelota y gestionaba con la suficiencia del primero de clase, ese que sabía exactamente cuánto necesitaba dedicar a cada examen para sacar un diez. Perdonó para marcharse con la ventaja mínima al descanso y mantuvo las alas replegadas un buen rato a la vuelta. Hasta que Lamine, de nuevo, quiso pedir oro.
Tuvo esta vez como ayudante a otro de los que hace poco debieron de recibir la carta de admisión en la escuela Hogwarts de magia y hechicería. Pedri acababa de entrar y no necesitó mucho más que un suave movimiento de tobillo para inventar una línea de pase, mientras el Sánchez-Pizjuán aplaudía el calentamiento de Modric. Lamine se vio con pista de despegue y activó el propulsor. Otro golazo, la sentencia.
Nico Williams, ya con todo resuelto, no hizo más que engrosar la goleada. De vértigo el regate, para enmarcar el gol. Lamine ya lo veía desde fuera, sonriente en el banquillo. Pide a gritos cambiar de asiento, su sitio en lo más alto del fútbol mundial.
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