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El hombre que más cambia de chaqueta: Benoît Richaud el coreógrafo más llamativo de los Juegos Olímpicos de Milán

En los Juegos Olímpicos de invierno hay tradiciones inamovibles: el silencio antes del salto, el rugido del público tras la caída perfecta y el «kiss and cry» como confesionario emocional. Pero en el patinaje artístico de esta era hay también una figura nueva, casi desconcertante, que aparece y reaparece con banderas distintas cosidas al pecho. No es un espía ni un diplomático. Es Benoît Richaud, el entrenador y coreógrafo de origen francés, al que muchos ya llaman, medio en broma medio en serio, el más chaquetero de los Juegos Olímpicos.

Richaud no representa a un país: representa al patinaje. En una misma jornada puede acompañar a un deportista español, abrazar después a uno japonés y acabar la noche celebrando con un patinador de Europa del Este. Cambia de chaqueta, para respetar los colores del atleta al que guía. Además, Richaud es la mente creativa detrás de las rutinas de nada menos que 16 patinadores que compiten por 13 países distintos, entre ellos es patinador español Tomas Guarino.

Hasta 10.000 euros por coreografía

Porque Benoît Richaud no es solo entrenador. Es autor. Sus coreografías no buscan únicamente puntos; buscan relato, incomodidad, belleza y, a veces, riesgo. En un deporte históricamente encorsetado por la técnica, él ha apostado por personajes rotos, músicas inesperadas y movimientos que rozan lo teatral. El resultado: programas que se recuerdan cuando las medallas ya están guardadas.

Su omnipresencia olímpica ha generado debate. ¿Es justo que un mismo creador esté detrás de patinadores de tantos países? ¿Diluye eso la identidad nacional del deporte? Richaud responde sin levantar la voz: el hielo no tiene pasaporte. El talento tampoco. En una disciplina individual, la creatividad se globaliza mucho antes que los himnos.
Detrás del mito hay también industria.

Una coreografía de alto nivel cuesta cerca de 10.000 euros y meses de trabajo: elección musical, construcción del personaje, adaptación al cuerpo y a la psicología del patinador. No se compra solo una rutina; se compra una idea, una ventaja competitiva, una forma de diferenciarse en un mar de triples y cuádruples.

En estos Juegos de invierno, mientras los focos siguen a los atletas, hay quien empieza a seguir a las chaquetas. Porque cada vez que Benoît Richaud aparece en el «kiss and cry», el mensaje es claro: el patinaje artístico ya no se entiende por fronteras, sino por historias.

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