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Entre raíles y pasión fotográfica: homenaje a Pablo, el joven maquinista fallecido en Adamuz

El domingo 18 de enero quedó inscrito con dolor en la memoria de Andalucía y de toda España. En el término de Adamuz, Córdoba, cuando el ocaso rendía sus luces a la noche, un descarrilamiento inesperado desató la tragedia: un tren Iryo que viajaba desde Málaga a Madrid se salió de su vía y, en fracciones de segundos, colisionó contra un Alvia de Renfe que circulaba en sentido contrario hacia Huelva. La violencia del choque no solo dejó decenas de víctimas mortales y heridos, también segó una vida joven y promesa de futuro.

Entre quienes perdieron la vida estaba Pablo B., un maquinista de apenas 27 años, vecino del barrio de Ondarreta en Alcorcón (Madrid), cuya historia humana se entrelaza con el drama colectivo. Pablo no era solo conductor de trenes: era ingeniero informático por la Universidad Carlos III de Madrid y un apasionado de la fotografía, capaz de detener la mirada en un insecto o en la luz que besa el horizonte. Sus imágenes, colgadas con cariño en su blog, hablaban de una sensibilidad más allá del metal y la velocidad.

Su camino hacia los raíles fue una elección deliberada. Tras formarse como maquinista en el centro CETREN, obtuvo la licencia y se incorporó a Renfe, donde dedicó cinco años de su vida a manejar trenes con profesionalidad y rigor. En los últimos meses había sido asignado al trayecto de larga distancia desde Madrid hacia Andalucía, una ruta que él conocía bien y afrontaba cada día con respeto y responsabilidad.

Luto y homenaje a Pablo

Aquella tarde fatídica, el destino le tenía reservado un último viaje. Cuando el tren Alvia que conducía fue alcanzado por los vagones descarrilados, Pablo no tuvo margen para reaccionar. La tragedia fue fulminante, y su vida terminó a escasos minutos de ser relevado por un compañero en Córdoba.

La comunidad ferroviaria respondió al shock con gesto de respeto y dolor. En estaciones de todo el país, trabajadores de Renfe guardaron cinco minutos de silencio, mirando hacia los raíles como si en ellos quedara la esencia de quien se fue. Sus compañeros recuerdan a Pablo como un profesional entregado, un amigo silencioso y un fotógrafo con ojo para la luz.

Mientras Alcorcón guarda luto y calles ondean banderas a media asta, la figura de Pablo se alza en silencio: un joven que convirtió su oficio en vocación, cuyo último trayecto encarna la fragilidad de la vida y la fuerza de una comunidad que hoy llora colectivamente.

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