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Este Granada se conforma con no morir (0-0)

Cabe realmente preguntarse cuántos refuerzos necesita el Granada para enmendar la situación en que se encuentra. El conjunto rojiblanco se halla sumergido en una profunda depresión de la que no parece tener armas para salir. Y la incapacidad ya desespera a Los Cármenes, esta vez con gradas pobladas. Se conforma con no morir y, en vista de las circunstancias, tampoco parece un premio demasiado asequible para los de Pacheta. Contra el Castellón fueron una expresión de impotencia, desprovistos de recursos y sin demasiado ánimo. Se libraron por milímetros de irse de vacío, anulado un tanto de Cámara por un fuera de juego justísimo, y dispararon de nuevo con balas de fogueo. Insuficiente. Llegan a la mitad del camino en descenso y con la moral en los talones.

No hubo, a decir verdad, quien exhibiera un deseo irrefrenable de llevarse los puntos. Más bien, una irrespetuosa cortesía. Porque ambos quisieron hincar el diente, pero se perdieron en un mar de imprecisiones. El Castellón salió a lo suyo, dispuesto a desplegar un juego que roza la temeridad, pero delante se encontró a un Granada que quiso imitarle, arriesgado hasta hacer saltar del asiento a más de un hincha. Al final, se notó quién lo tiene por costumbre y qué equipo tan solo fingía, aunque nadie llegó con la lanza afilada. 

Habrá quien afirme que se jugó un primer tiempo porque, entre rocecillos y el hastío al que le pudo llevar la retahíla de fallos que entretejieron ambos conjuntos, hasta pudo enfurecerse. Pero fútbol, lo que se dice fútbol, hubo poco. Tal vez porque el juego del espejo terminó por neutralizar ambos planteamientos, porque la tensión e inquietud con que afrontaban la cita ambos conjuntos encorsetaba la contienda o, simplemente, porque nadie tenía el día. El Granada se buscaba una y otra vez, pero a Pedro Alemañ no le visitaron las musas, a Arnaiz se le encasquillaba el rifle y ni siquiera el motorcito que habitualmente aumenta las revoluciones de Rodelas parecía engrasado. Y atrás las piernas temblaban a los de franjas horizontales, aunque los síntomas, para su fortuna, parecieron muy contagiosos.

El caso es que el primer acto se consumió como la ceniza de un cigarro sin apenas algún ‘uy’ con el que tragarse el humo. Un runrún sí se deslizaba tímido entre cada sector del estadio con cada pérdida rojiblanca o salida aletargada, más ruidoso cuando Diallo y Astralaga no terminaron de entenderse. Cala, con más picardía que el Lazarillo de Tormes cuando le rugían las tripas, metió la punterita para inducir a la taquicardia, pero el meta rechazó y después se rehizo para alejar el peligro en segunda instancia.

Ese murmullo tornó más tarde en reclamación unánime, tras un balón llovido que, tras acariciar el rostro de Alberto, aterrizó en su brazo dentro del área pequeña. Se perdían los rojiblancos en la protesta, pero Oscar, intrépido, emprendía una alocada aventura por la banda. Tensó el envío raso y Álex Sola, como si bailara ballet, giró sobre su eje en busca del gol de espuela. Matthys, atento pese a la proximidad del remate, firmó su presencia en el tardeo de Los Cármenes.

Un duelo anodino

Era todo tan anodino que el colegiado no arañó ni un segundo al crono, casi desapercibido el pitido con que mandó bajar el telón. Regresaron los intérpretes al escenario impulsados por una aparente intención de representar un plot twist con el que enloquecieran en la grada, pero resultó que solo los orelluts estaban preparados para improvisar tal cambio en el guion. Pablo Santiago se quitó las legañas y detectó con clarividencia una grieta. Camara apenas tuvo que acomodar el esférico y ajustar, inalcanzable para Astralaga, pero se ve que tenía alguna costura suelta en el hombro de su camiseta, lo suficiente para que saltaran las alarmas del fuera de juego semiautomático.

Pasado el susto, lo intentaron los rojiblancos. Controló Arnaiz de espuela, en un gesto que dejó el césped perdido de polvos mágicos, aunque el golpeo fue inocente. Con mucha más mala uva impactó después, ágil Matthys en la estirada. Para entonces, Pacheta ya había recurrido a Pablo Sáenz, a quien siguió Manu Trigueros en busca de una reacción. Sin embargo, lo único que lograban los de franjas horizontales era llevar al público a la desesperación progresivamente. Se vio Pascual con el arquero en una suerte de cita a ciegas, y como si no pudiera ver definió el punta, que pretendió la vaselina.

Lo que sucedió de ahí hasta el final no fue más que un derroche de apatía. A los rojiblancos no les daba para más y hasta pareció valerles el reparto, tampoco demasiado disconformes los visitantes. Astralaga se entretuvo como si ganara, harta la hinchada, y todo desembocó en un sonoro «directiva, dimisión», esta vez también con cargo a los del verde. Ya nadie se salva.


Ficha técnica:

Granada CF: Ander Astralaga; Oscar Naasei, Manu Lama, Loïc Williams, Baïla Diallo; Sergio Ruiz, Pedro Alemañ (Manu Trigueros, 67’); Álex Sola (Gagnidze, 83’), José Arnaiz, Rodelas (Pablo Sáenz, 60’); y Jorge Pascual (Bouldini, 83’).

Castellón: Romain Matthys; Jérémy Mellot, Brignani, Alberto, Tincho (Salva Ruiz, 90’); Gerenabarrena (De Nipoti, 76’), Diego Barri; Awe Mabil (Doué, 76’), Cala, Pablo Santiago (Cipenga, 64’); y Camara (Jakobsen, 64’).

Árbitro: Luis Bestard Servera, del comité balear. 

Incidencias: encuentro correspondiente a la 21ª jornada de Liga en Segunda División, disputado en el estadio Nuevo Los Cármenes ante 13.762 espectadores.


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