El Granada por fin sale de su borrasca, que se le ha alargado más incluso que el temporal que en las últimas semanas atraviesa buena parte del país. Pacheta y sus hombres encontraron el rayo de sol cuando más arreciaba el chaparrón, con pérdidas invernales y una melancolía contagiosa. Viajaron a Cádiz y parecieron encontrar allí, en la victoria, la mismísima piedra filosofal. Solo así cabe explicar un cambio tan abrupto. Contra el Racing fue el equipo que debía ser, incisivo, sobrio y robusto. Lo necesario para ue el golazo de Arnaiz fuera tasado en tres puntos más y otro salto en la tabla. A veces, para asomar la cabeza fuera del pozo tan solo hace falta que salga algo bien.
Hubo, esta vez sí, un punto de inflexión en los de franjas. Al menos, eso pareció desde el inicio, como si los tres puntos de la semana pasada hubieran supuesto la dosis de antidepresivos que necesitaba este equipo para acabar con su apatía. O tal vez se debiera a la perfusión de ilusiones renovadas procedentes del bazar, quién sabe. El caso es que no se vio al Granada desangelado al que ya se había acostumbrado la afición, sino un plantel con intención, brío y punta. Algo prácticamente inédito hasta ahora.
No es de extrañar que más de uno en la grada se sorprendiera al comprobar que esta vez los rojiblancos saltaban con un tridente bien afilado. Dio la sensación, y buena cuenta puede dar de ello Salinas, de que era Pablo Sáenz quien lideraba al pelotón, intrépido y travieso. Caracoleó bien, erigido en todo un funambulista por la misma línea de fondo, y asistió a Sergio Ruiz, que no logró encauzar, pero en realidad era Arnaiz quien dirigía las operaciones, aunque para destaparse como el cabecilla todavía faltaban unos minutos.
Entretanto, el Racing intentó pisar el acelerador. Controló Andrés Martín en el área, pasivo Baïla Diallo, y encontró el hueco para golpear. Luego fue Guliashvili quien se vio con toda una pista de despegue a la espalda de Ocar Naaasei, pero la muñeca de Luca Zidane no se dobló. Íñigo Vicente, casi de inmediato, emprendió la diagonal y apretó el gatillo, pero con la mirilla ligeramente torcida. Lances suficientes, en cualquier otro momento, para mandar al Granada a resguardarse en su trinchera, pero esta vez era distinto. Salió de nuevo Pablo Sáenz al toque de corneta y se detuvo a medio camino. Escrutó el horizonte y desenfundó rápido, atento Ezkieta para palmear.
Llegó después el momento Arnaiz, en sociedad con baïla Diallo. El senegalés colgó primero un centro con que concluir una larga acción trenzada. El talaverano enganchó el esférico arriba, sin posibilidad de dirigirlo. Sí lo orientó mejor cuando recibió a ras de hierba, aun así desviado a la media vuelta. Parecía que se obcecaba, pero en realidad no hacía más que frotar la lámpara, hasta que, al final, salió el genio. Sacó su socio de banda y él hizo el resto. Encaró a Pablo Ramón y le sacó la cadena, antes de enroscar un disparo a la red. Explotó de júbilo y, con él, todo el estadio. No era ya habitual ver fútbol alegre, y menos, con goles.
Todo fluía en el Granada, como si se tratara del protagonista de una comedia romántica al final de la película. Los ataques se sucedían, no había fisuras e incluso Lama, en una acción a balón parado, se acercó al gol.
Sobriedad tras el descanso
Se veía venir Pacheta que la segunda mitad llegaría acompañada de fuertes vientos del Cantábrico, así que tomó precauciones para evitar que el temporal causara estragos. Ajustó a Pascual en punta y planteó otro escenario. Los de José Alberto López empezaron a cumplir su promesa, incisivos, aunque Luca no sufría. El rojiblanco recién ingresado sí, pero porque sigue negado frente a la portería. Salió Pablo Sáenz del embrollo, envolvió el gol en regalo y, a puerta vacía, el ariete marró la acción, meritoria también la estirada de Ezkieta.
Salió Mario García para intentar poner cerco a Pablo Sáenz y el Racing se puso espumoso. Salió Andrés Martín como el Correcaminos, inalcanzable para ninguno de los que vestían las franjas horizontales, aunque el rifle era, como la munición del Coyote, de marca ACME. El Granada ya pasaba frío, así que Pacheta sacó la ropa de abrigo. Fue poco a poco sumando capas a los rojiblancos, con minutos incluso para el interesante estreno el joven Izan, en lo que al colegiado se le iba soltando la mano con las tarjetas.
Adquirieron entonces los nazaríes una madurez insólita este curso, capaces de jugar con la ansiedad del líder, tan destacado que seguirá pagando el alquiler en el piso más caro de la Liga tras perder. Apretaron los dientes y no dejaron de sostener la mirada a su adversario sin señal alguna de debilidad. Lograron, incluso, enganchar a la grada. Como si fuera una primavera más alegre. Ahora, les toca mantener alejados los nubarrones.
Ficha técnica:
Granada CF: Luca Zidane; Oscar Naasei (Pau Casadesús, 79’), Manu Lama, Loïc Williams, Baïla Diallo; Rubén Alcaraz, Sergio Ruiz, Pedro Alemañ (Izan González, 79’); Pablo Sáenz (Álex Sola, 64’), José Arnaiz (Sergio Rodelas, 71’) y Gonzalo Petit (Jorge Pascual, 46’).
Racing de Santander: Jokin Ezkieta; Sangalli (Maguette, 78’), Pablo Ramón (Manu Hernando, 40’), Facu, Salinas (Mario García, 57’); Damián Rodríguez (Suleiman, 46’), Gonzalo Puerta; Andrés Martín, Peio Canales, Íñigo Vicente; y Guliashvili (Manex Lozano, 57’).
Goles: 1-0: José Arnaiz, min. 31.
Árbitro: Miguel González Díaz, del comité asturiano. Amonestó a los locales Baïla Diallo, Sergio Ruiz, Loïc Williams, Oscar Naasei y Rodelas, así como a los visitantes Pablo Ramón, Suleiman, Facu y Gonzalo Puerta.
Incidencias: encuentro correspondiente a la 24ª jornada de Liga en Segunda División, disputado en el estadio Nuevo Los Cármenes, ante 11.663 espectadores. Con motivo del Día Mundial Contra el Cáncer, LaLiga y AECC se suman a la campaña mediante la que todos los jugadores portarán brazaletes verdes.

