Para cuando repicaron las campanas en la parroquia, la muchedumbre ya rebasaba el portón del templo. En el interior, se amontonaban los vecinos como podían, en su mayoría con un ramo de flores en la mano. Era uno de los días grandes de Jun y nadie se lo quería perder. Comenzó la ceremonia y, desde lo alto de su altar, reposada sobre los brazos de sus propios costaleros, la Inmaculada Concepción descendió para encontrarse con sus fieles.
El templo al completo rompió en un sonoro aplauso cuando la imagen se aposentó sobre el suelo, para seguidamente cambiar su corona de diario por la de las grandes citas, que le esperaba abajo. Una vez coronada, Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción dejó que la engalanaran con las joyas que portará este domingo, en su procesión. Junto a ella, San Sebastián contemplaba con orgullo; delante, la mirada de centenares de vecinos centelleaba con emoción.
Ofrenda floral
De un salto, y con algunos ajustes, la Virgen se subió a su paso en lo que los acordes de la guitarra guiaban la alabanza coral. Era el momento de dejarse querer y recibir el cariño de sus hijos. Los vecinos de Jun fueron desfilando con tanta ilusión como respeto para colmarla de flores, que poco a poco cubrieron todo su escenario, dispuesto para que brille este domingo. En los más pequeños se dibujaba una sonrisa al entregar su ofrenda, mientras que entre los mayores, se escapaba alguna lágrima.
La Virgen lo recibió todo con su gracia hasta que el pueblo entero se fundió en un grito común: «¡Viva la Inmaculada de Jun!». Tras su eco, con cuentagotas, los vecinos se fueron marchando. A su espalda quedó Nuestra Señora, que ya cuenta las horas para reencontrarse con su municipio un año más y coronar las fiestas patronales en su honor.