Irán ha confirmado este domingo 1 de marzo la muerte de su líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, tras un ataque conjunto atribuido a Estados Unidos e Israel contra objetivos en Teherán. Medios estatales y la agencia semioficial Tasnim difundieron un comunicado en el que aseguran que Jameneí “fue martirizado” a consecuencia del bombardeo.
Según esas informaciones, Jameneí falleció mientras se encontraba en dependencias de su residencia, donde también se ubica su oficina de trabajo, alcanzadas durante la ofensiva lanzada el sábado. La operación, presentada por Washington y Tel Aviv como preventiva y centrada en capacidades militares y nucleares, ha abierto una escalada inmediata en toda la región.
Teherán anuncia luto y amenaza con represalias
El Gobierno iraní calificó la muerte del líder supremo como un “gran crimen” y advirtió de que no quedará impune, al tiempo que llamó a la población a mantener la unidad interna. Las autoridades decretaron 40 días de luto oficial y, además, anunciaron varios días festivos extraordinarios por la muerte del ayatolá.
La Guardia Revolucionaria prometió un “castigo duro y decisivo” y anticipó acciones contra objetivos israelíes y posiciones militares estadounidenses en la región. En mensajes difundidos por medios iraníes, las fuerzas de élite reclamaron movilización social y “cohesión” ante lo que describen como una agresión directa contra el centro de poder del país.
Trump y el Gobierno israelí respaldan la versión del operativo
En Estados Unidos, Donald Trump aseguró públicamente que Jameneí había muerto en el ataque y defendió la operación como un acto de justicia, según mensajes difundidos en redes y recogidos por varios medios. Por su parte, autoridades israelíes también dieron por muerto al líder supremo, mientras fuentes iraníes enmarcaron el ataque como un intento explícito de forzar un cambio de régimen.
El impacto político es inmediato en Teherán, donde se abre un periodo de transición en la cúpula del sistema. La estructura institucional prevé mecanismos para la sucesión del líder supremo, en un contexto de máxima tensión militar y con el Consejo de Seguridad de la ONU reuniéndose de urgencia ante el riesgo de guerra regional abierta.
Bombardeos y contraataques en el Golfo
En paralelo, Irán lanzó ataques de represalia contra bases y emplazamientos asociados a Estados Unidos en varios países del Golfo y de Oriente Próximo, además de acciones contra Israel, según informaciones de prensa. Entre los países citados figuran Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Arabia Saudí, entre otros, mientras los balances de daños y víctimas seguían siendo objeto de actualización.
Esta escalada se produce cuando Teherán negociaba con Washington un acuerdo sobre su programa nuclear, conversaciones que quedan ahora en suspenso de facto. Fuentes periodísticas señalan que la ofensiva se dirigió a infraestructuras militares y vinculadas al ámbito nuclear, y que las consecuencias podrían extenderse al terreno económico y energético si el conflicto se prolonga.
Un liderazgo de décadas y un país ante la incertidumbre
Jameneí llegó a la jefatura suprema en 1989, tras la muerte de Ruholá Jomeiní, y durante décadas concentró la máxima autoridad política y religiosa del país. Su etapa estuvo marcada por una política exterior de línea dura y por tensiones internas ligadas a la represión de la disidencia y a la aplicación de normas sociales conservadoras.
Con su muerte, Irán entra en un proceso de sucesión en medio de una ofensiva en curso y de una cadena de represalias cruzadas. Mientras crece la presión internacional para frenar la escalada, el futuro inmediato depende de la capacidad de contención en el terreno militar y de la rapidez con la que las instituciones iraníes definan una nueva jefatura suprema.
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