Juan Manuel Barroso sabe de lo que habla. No desde la teoría, sino desde la experiencia vital. Tras años atrapado en el consumo de drogas, hoy es intervencionista familiar y especialista en adicciones, y acompaña a otras personas en su proceso de recuperación desde el Instituto Noa. Su historia es la de una caída profunda, pero también la de una reconstrucción que ahora sirve de faro para quienes atraviesan situaciones similares.
“Siempre he sido una persona deportista, de buena familia, sin carencias afectivas”, explica Barroso. Sin embargo, reconoce que cuando quiso volver a sus hábitos de antes la droga «comandaba» su vida. Ese fue el inicio de un “pozo” del que intentó salir durante años, automanipulándose sin éxito. “Yo era un adicto funcional: tenía trabajo y familia, pero no podía parar de consumir”.
Una adicción, desde dentro
¿Cómo se vive una adicción desde dentro? Barroso lo resume con claridad: “Con mucha tensión”. El adicto, explica, levanta un escudo permanente: “Estoy bien”. Una frase que se repite para evitar alarmas y esconder un derrumbe interno. “Por dentro estaba destrozado, pero mi enfermedad no me dejaba reconocerlo”, afirma. Esa falsa sensación de control reaparece tras cada consumo, alimentando un círculo vicioso del que resulta muy difícil salir solo.
El punto de inflexión llegó gracias a su entorno más cercano. “El 90% de las veces es un empuje familiar”, asegura. En su caso, fue su mujer quien dio el paso decisivo: llamar a un centro, pedir información y cerrar puertas. “Me puse por el cariño y por el amor que mi familia me tenía. Si no me llegan a descubrir el problema, quizá no me hubiera puesto en recuperación nunca”.
Acompañar para sanar
Durante su rehabilitación, Barroso descubrió su vocación. “Yo no sabía lo que era un terapeuta”, confiesa. Inspirado por la figura del suyo, entendió que “si él pudo salir, yo también podía hacerlo”. De ahí nació su decisión de formarse y ayudar a otros. “Mi experiencia es una experiencia de superación, pero no es más que la de cualquier paciente”, subraya, reivindicando la formación como pilar esencial.
Hoy alerta de una realidad preocupante: “La adicción no tiene edad”. Atiende a personas de 18, 40 o incluso 70 años, y recibe llamadas de familias con menores de 14 o 15 años con problemas de consumo, juego o apuestas. Para Barroso, la clave está en entender que “la adicción es el síntoma de un problema más profundo”.
“Pedir ayuda sigue viéndose como debilidad, cuando es un símbolo de valentía”, afirma Barroso. La realidad es que, aunque el estigma persiste alrededor de las adicciones, testimonios como el de Juan Manuel nos recuerdan que puede haber luz al final del túnel.
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