«No hubo ninguna alerta previa». Es la frase que más se repite en el comunicado oficial de la Consejería de Educación tras la muerte de Ángela, la alumna de 14 años del IES Benalmádena cuyo suicidio ha conmocionado a Málaga y ha vuelto a poner el foco sobre el acoso escolar y el malestar emocional en la adolescencia, después del caso de la sevillana Sandra Peña.
La inspección educativa activó una investigación tras el suicidio de la menor, estudiante de tercero de la ESO en Benalmádena. Según la información recabada, no existía ningún indicio de acoso escolar detectado por el centro. Los informes de la dirección, los tutores de los dos últimos cursos, el departamento de orientación y las reuniones mantenidas con jefatura de estudios y pedagogía terapéutica coinciden: nadie dio la voz de alarma. Todo lo que veían era que Ángela «era una alumna ejemplar y con buen informe académico».
El comunicado subraya además que Ángela estaba bien integrada en el aula, con un comportamiento positivo y una implicación activa en la vida escolar. De hecho, este curso había sido elegida delegada de clase por sus propios compañeros. En las tutorías y cuestionarios sobre bienestar emocional realizados en el centro no se detectaron problemas, ni la menor solicitó ayuda al departamento de orientación, un recurso al que el alumnado puede acudir de forma directa.
«Prácticamente, una alumna ejemplar»
Este retrato contrasta con el contexto general del centro. Actualmente, el instituto mantiene cinco protocolos de prevención por conductas autolíticas y uno por acoso escolar, aunque ninguno de ellos estaba vinculado a Ángela. Un dato que, lejos de cerrar el caso, alimenta la pregunta: ¿hay señales que no siempre llegan a verbalizarse?
Los expertos señalan que las conductas no siempre son visibles y que detrás de una sonrisa que parece cotidiana se esconde el dolor que se trata de camuflar. «Tenemos normalizado que decir lo que nos hacen otros, nos convierte en chivatos y no en valientes por decir que no estoy bien con cierta situación», señalan los expertos.
«desde el punto de vista académico, todo estaba en orden y se integraba bien en clase»
Además, en las reuniones mantenidas entre el centro y la familia de la menor, según Educación, se centraron únicamente en cuestiones académicas y en la justificación de algunas faltas de asistencia. Nada hacía prever el desenlace. Mientras tanto, la investigación policial sigue su curso y no se descarta ninguna hipótesis, incluida la posibilidad de ciberacoso, una forma de violencia más silenciosa, que no siempre deja rastro en las aulas y que puede prolongarse fuera del horario escolar.
La muerte de Ángela deja una certeza incómoda: incluso cuando no hay alertas, protocolos o denuncias, el dolor puede existir. Y obliga a revisar no solo los sistemas de prevención, sino también la capacidad de escuchar aquello que nunca llega a decirse.
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