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Las raíces eternas de la Semana Santa malagueña: cinco siglos de fe y devoción

Cuando llegue el Domingo de Ramos, el incienso y el azahar volverán a impregnar las calles de Málaga. Los grandes tronos se portaran de nuevo bajo el cielo de la ciudad, y miles de personas se agolparán en las aceras para contemplar un espectáculo que, sin embargo, no siempre fue así. La Semana Santa malagueña que conocemos hoy es el resultado de cinco siglos de transformación continua, un proceso que arranca en la Reconquista y llega hasta el presente sin haber perdido un ápice de su fuerza.

Todo empezó con la conquista cristiana

El año 1487 marca el inicio de esta historia. Tras la toma de Málaga por los Reyes Católicos, la ciudad necesitaba ser evangelizada. Dominicos, franciscanos, agustinos y mercedarios llegaron para levantar conventos y hacer visible la fe cristiana en una urbe que había sido musulmana durante siglos.

Las primeras procesiones no tenían nada de fastuosas. Las imágenes eran portadas en pequeñas andas o directamente en manos de los frailes, y su propósito era doble: castigar el cuerpo como forma de penitencia y enseñar el Evangelio a una población que, en su mayoría, no sabía leer. La estética era lo de menos.

Las hermandades que han visto pasar la historia

De aquellos primeros años sobreviven algunas cofradías que siguen procesionando hoy. La más antigua es la Vera Cruz, ligada a la orden franciscana en el desaparecido Convento de San Luis el Real, con orígenes en los primeros años del siglo XVI (1505). Su devoción gira en torno al madero de la cruz, símbolo central del cristianismo.

Poco después, hacia 1507, nació la Archicofradía de la Sangre en el Convento de la Merced. Fue, desde sus inicios, la hermandad de la nobleza y las clases pudientes de la ciudad, y su nombre completo —Pontificia, Real, Muy Ilustre y Venerable Archicofradía del Santísimo Cristo de la Sangre— da buena cuenta de su peso histórico.

También del siglo XVI es la cofradía de Ánimas de Ciegos, una de las más singulares de Málaga. Su nombre refleja la misión social que la fundó: dar protección y amparo a las personas ciegas de la ciudad. Hoy sobrevive integrada en las Reales Cofradías Fusionadas.

El Barroco, los flagelantes y la crisis del siglo XIX

Durante los siglos XVII y XVIII, la Semana Santa malagueña alcanzó una complejidad notable. Era la época de los flagelantes: penitentes que se azotaban en público durante las procesiones como acto de expiación. Las imágenes también ganaron en calidad artística, con escultores como Pedro de Mena aportando un realismo casi doloroso a los pasos.

Sin embargo, el siglo XIX trajo una crisis severa. La Desamortización de Mendizábal —la ley que a mediados del siglo XIX obligó a vender los bienes de la Iglesia— y las invasiones francesas dejaron a muchas cofradías sin sede, sin patrimonio y al borde de la desaparición. El cierre de conventos fue un golpe durísimo para unas hermandades que habían nacido precisamente al calor de esos claustros.

De aquella crisis, sin embargo, surgió algo nuevo. La Semana Santa empezó a organizarse al margen del control directo de la Iglesia, pasando a manos de la burguesía local. Ese cambio preparó el terreno para la gran transformación del siglo siguiente.

El Rico, la cofradía malagueña que cada Miércoles Santo libera a un preso desde el siglo XVIII

1921: el año que lo cambió todo

El punto de inflexión llegó en 1921 con la fundación de la Agrupación de Cofradías, la primera institución de este tipo en toda España. Por primera vez, alguien coordinaba horarios, itinerarios y la imagen que Málaga proyectaba al exterior. Aquello fue el embrión de la Semana Santa moderna.

A partir de ahí, tres elementos fueron definiendo la identidad propia de la celebración malagueña, diferenciándola claramente de otras ciudades andaluzas.

El primero es el trono. Mientras que en ciudades como Sevilla los portadores trabajan en el interior del paso, ocultos bajo las faldas de la estructura, en Málaga el trono se porta desde fuera, mediante unos largueros llamados varales. Eso permitió que los tronos crecieran sin límite, convirtiéndose en las enormes retablos andantes de orfebrería y madera tallada que hoy pueden requerir hasta 280 portadores.

El segundo es el acompañamiento militar, una seña de identidad inconfundible. La vinculación de la Legión con el Cristo de la Buena Muerte, los Paracaidistas con la cofradía de Ánimas de Ciegos o la Marina con la Soledad de Mena aporta una solemnidad castrense que no existe en ninguna otra Semana Santa española.

El tercero es la dimensión social. Las cofradías malagueñas llevan décadas funcionando como motores de acción caritativa durante todo el año, no solo en Semana Santa. Hoy se enfrentan a retos nuevos como la sostenibilidad medioambiental o la presencia en redes sociales, y los están asumiendo.

Un organismo vivo, no una pieza de museo

Lo más llamativo de esta historia es que ninguno de estos cambios ha roto el hilo conductor. Las mismas hermandades que nacieron en conventos franciscanos del siglo XVI siguen hoy en la calle, con sus imágenes, su música y sus nazarenos.

La Semana Santa de Málaga no es una recreación del pasado ni un espectáculo montado para turistas. Es una celebración que respira, que se adapta y que, pese a todos los cambios del tiempo, sigue siendo el espejo en el que esta ciudad se reconoce cada primavera.

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