Cuando se piensa en soldados acompañando a los tronos de Málaga, la imagen que suele venir a la cabeza es la de la posguerra. Sin embargo, el origen de ese vínculo es casi tres siglos anterior. El historiador José Jiménez Guerrero, reciente Escudo de Oro de la Agrupación de Cofradías, sitúa las primeras referencias documentales a mediados del siglo XVII, lejos de la Guerra Civil y del régimen de Franco.
Así lo defendió en el programa Guion de 101TV, donde reconoció que se trata de una cuestión delicada. Aun así, fue tajante: «lo dice la documentación».
Una tesis casi por encargo
El investigador, que en 2021 publicó un libro dedicado a la relación entre el estamento castrense y la Semana Santa malagueña, llegó a este campo de rebote. Su intención inicial era doctorarse con un estudio sobre las cofradías, pero en la década de los 90 la Universidad de Málaga prestaba escasa atención a esta materia, que por aquel entonces se veía como algo «de segunda fila».
Fue su director quien le sugirió otro camino: analizar cómo se reclutaba a los soldados desde 1837 hasta 1868, año de la revolución conocida como la Gloriosa. De ahí surgió el hilo que le llevó, años después, hasta los cortejos procesionales.
Picas y hábito de nazareno
Las huellas más antiguas aparecen en la década de 1640. En esos años nacieron dos corporaciones singulares, «mitad nazareno, mitad soldado». Una era la Santa Milicia, dependiente de la hermandad de las Angustias. La otra, la de los Arcabuceros, escoltaba a la Soledad de Santo Domingo.
Los integrantes de la Santa Milicia salían con túnica de penitente y armados con picas. A Cristo se referían como «Nuestro Capitán General». Formar parte de ellas tenía también una ventaja muy terrenal: el derecho a recibir sepultura en las criptas de la cofradía a la que daban escolta.
Los miembros de la Santa Milicia vestían túnica de nazareno, portaban picas y llamaban a Jesucristo «Nuestro Capitán General»
Ya en el XVIII, los archivos recogen la unión entre la Armada y la hermandad de Santo Domingo. Su origen está en un naufragio en aguas próximas al Guadalhorce: quienes lograron salvarse se habían confiado a la imagen que recibía culto en la torre del convento de los dominicos.
Tres momentos de esplendor
Jiménez Guerrero establece una escala con cuatro niveles: participación, relación, intervención y vinculación. Este último, el más estrecho, no aparece como tal en los documentos hasta el siglo pasado. Su trabajo identifica tres etapas en las que la huella castrense alcanzó su punto más alto.
La primera llega con el reinado de Isabel II, en plena mitad del XIX, cuando casi todas las cofradías que salían a la calle lo hacían con escolta armada. La desamortización de Mendizábal, en 1835, había transformado varios conventos en acuartelamientos, y la ciudad pasó a contar con regimientos fijos.
La segunda coincide con los años 20. Es la década en la que nace la Agrupación de Cofradías y en la que se apuesta por desfiles de mayor esplendor. Bajo la dictadura de Primo de Rivera, el Ejército encontró además en las procesiones un escaparate ante la ciudadanía.
La tercera abarca la posguerra y el franquismo. Después de la destrucción sufrida en 1931 y 1936, las autoridades respaldaron la Semana Santa y las hermandades aprovecharon ese apoyo para reconstruir su patrimonio.
De Zamarrilla a Mena
Algunos lazos nacieron por pura casualidad. Es el caso de Zamarrilla y la Caballería. El Domingo de Ramos de 1851, la Virgen de los Dolores regresaba a su ermita desde la iglesia de la Trinidad. Su hermano mayor, Francisco Cabello, solicitó protección en el cuartel y fueron jinetes quienes la acompañaron, según dejó constancia el Avisador Malagueño.
Aquella relación se fortaleció en los años 60, bajo el mandato de Federico de la Alcázar. Aunque hoy la presencia de soldados en el cortejo es menor, la cofradía participa en un acto en la Academia de Caballería de Valladolid y el arma devuelve la visita cada Semana Santa.
Junto a la Guardia Civil, el ejemplo que más se mantiene es el de la Congregación de Mena y la Legión. Su unión se consolidó entre las décadas de los 20 y los 30, después de que Primo de Rivera visitara Málaga en 1925.
El historiador atribuye el mayor arraigo militar en Málaga a su papel como puerto de embarque hacia África y de llegada de heridos
Un puerto hacia África
¿Por qué este fenómeno echó raíces más profundas aquí que en otras provincias? El historiador lo atribuye al papel de la ciudad como punto de salida de las tropas hacia el norte de África y de entrada de los heridos que regresaban del frente. Un ejemplo: en 1929, un regimiento llegó a sumarse a la romería de Zamarrilla.
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