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El oso pardo en Andalucía: historia del gran depredador que resistió en sus sierras hasta el siglo XIX

El cordobés Antonio Narváez merodeaba por Sierra Morena cuando vio a una hermosa dama a la vera de un arroyo. Por sus gestos intuyó que había perdido un guante en el agua, así que se acercó para prestarle ayuda. Al verlo llegar, como si se tratase de una aparición divina, la muchacha corrió y se arrojó sobre sus pies. Alarmado el galán le preguntó qué le ocurría, y entonces la dama le imploró, entre sollozos, que la liberase del cautiverio fantástico en el que le había sumido un oso prendado de ella y que le impedía abandonar el bosque.

La secuencia pertenece al romance ‘Rosaura, la del guante’, un relato muy popularizado entre las masas por los poetas de la Andalucía del siglo XIX. En él se narra la aventura de Doña Rosaura y Antonio Narváez, una de esas historias de amor de época y con réplicas en otras regiones que, sin embargo, guarda un tesoro documental único: una de las últimas referencias sobre osos en los bosques andaluces.

En la actualidad resulta casi inverosímil que el oso pardo formase parte de la fauna regional hasta épocas relativamente recientes. No obstante, y a pesar del obstáculo que supone la ausencia de censos históricos sobre su distribución, existen documentos y tratados de montería —como el del rey Alfonso XI— que constatan que este gran mamífero fue abundante en Andalucía, especialmente en la Edad Media.

Un baluarte en Sierra Morena

Referencias del siglo XV dejan constancia del gran refugio del oso que conformaron las montañas de Sierra Morena, con centenares de ejemplares repartidos por sus 400 kilómetros de monte entre las provincias de Huelva, Sevilla, Córdoba y Jaén. Incluso se da por hecho que esta zona fuera uno de los reductos más importantes de la especie en España, con poblaciones bien interconectadas con las del Sistema Central peninsular.

Antigua ilustración del romance 'Rosaura, la del guante' en pliego de cordel El Abanico
Antigua ilustración del romance ‘Rosaura, la del guante’ en pliego de cordel El Abanico

Otros libros de caza se refieren a los ejemplares de úrsidos de las sierras de Cazorla y Segura, donde era común verlos merodeando los ríos y zonas bajas, al igual que se menciona su existencia -en núcleos poblacionales ya aislados- en los parajes de monte cerrado del Sistema Bético de Cádiz, Málaga y Granada hacia el siglo XV, tal y como se cita en el estudio Distribución histórica del oso pardo en la Península Ibérica financiado por el Ministerio de Medio Ambiente en el año 2006.

Según sugiere este último trabajo, su expansión por el territorio andaluz debió ir más allá de las zonas de alta montaña, como lo prueba la carta enviada en 1490 por el mismísimo Fernando el Católico al Consejo de Sevilla para pedir expresamente que no se cazasen «puercos monteses e osos e venados» en Lomo de Grullos, un coto en el margen derecho del río Guadalquivir, entre la capital de Sevilla y el edén de Doñana.

Decadencia tras la Edad Media

De lo que no hablan con exactitud los tratados históricos es de la decadencia progresiva que el oso pardo experimentó en Andalucía desde el siglo XVII, incluso en aquellos macizos cordobeses y jienenses donde era frecuente. A partir de esos años las alusiones al oso se reducen paulatinamente por todo el territorio, dejando entrever un descenso notable de su población.

La transformación de zonas naturales en tierras de cultivo y la creación de asentamientos con la conquista cristiana estuvieron detrás de su declive. La fragmentación del hábitat no solo implicó una reducción drástica de su territorio, sino que aislaba a sus poblaciones e impedía un proceso vital como el flujo genético, es decir, la mezcla equilibrada de genes entre poblaciones que posibilita la adaptación.

las citas del naturalista gallego López Seoane revelan que el oso resistía en Andalucía a mediados del siglo XIX

La aparición de armas de fuego a partir del siglo XVI volvió efectiva la caza de grandes animales y, muy probablemente, contribuyó también a esa merma de las poblaciones en zonas de arraigo como la Sierra Morena oriental. Así, el plantígrado en Andalucía ya solo fue capaz de sobrevivir en zonas alejadas del humano, mientras que otros ejemplares encontrarían acomodo en las montañas del norte de España.

A pesar de las arduas condiciones, las citas del naturalista gallego López Seoane revelan que el oso resistía en Andalucía a mediados del siglo XIX. Lo hacía en número reducido, al abrigo de los desfiladeros y caudalosos ríos de la Sierra de Segura. En aquel majestuoso paraje, rodeado de infinitos pinares, el que fuera el mayor depredador de los bosques andaluces dio su adiós definitivo y legó su recuerdo a la tradición oral de los pueblos.

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