La tarde cae apesadumbrada sobre Granada, en apariencia anodina, como cualquier otra. Pero la realidad es que para Antonio Raya y Ambrosio Rodríguez no hay atardecer insustancial. «Tenemos una posible situación de maltrato animal», expone el primero de ellos. Camuflados bajo una indumentaria cotidiana, lejos de la formalidad del uniforme, se montan en el coche y el cuentakilómetros comienza a funcionar. Pasan desapercibido entre la gente, pero caminan entre la ciudadanía siempre ojo avizor, convertidos ya en una suerte de guardianes contra el incivismo y el maltrato de las mascotas. Nadie sospecha, hasta que detectan la mínima infracción: «Hola, Policía Local», sacan la placa.
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Los agentes Raya y Rodríguez son, por el momento, los dos únicos integrantes de la recién inaugurada Unidad de bienestar Animal y Comportamientos Incívicos. «El compañero y yo estamos pateando toda la ciudad, hacemos muchos kilómetros a lo largo del día, y vemos muchas cosas», sintetiza el primero de ellos. «Que no dejen a los perros sueltos, que no molesten a los usuarios y que defequen en sus zonas habilitadas, así como que recojan los excrementos», resume el objetivo de base de la patrulla. Pero sus labores van más allá. «Luego está la parte del animal. La gente tiene que tener el animal en condiciones», expone, sin demasiado tiempo para abundar en explicaciones. Hay un perro que necesita su ayuda.
Un perro, encerrado en un local durante años
La misión nace de la alerta de los vecinos de un antiguo bar de Granada. Cerrado desde hace años, ahora es el lugar donde mantienen a un perro encerrado desde hace años. Una primera visita permitió comprobar, desde el exterior, que no recibe la atención necesaria de su dueño. «Dimos con él, nos pusimos en contacto y hablamos. Accedió a quedar con nosotros y enseñarnos tanto el interior del local como el perro», detalla.
El hombre, un señor mayor, aguarda a la llegada de los agentes con el can fuera del establecimiento, que ha abierto para la ocasión. Una primera inspección confirma que el animal tiene chip, pero desvela irregularidades. «Desde el año 22 lleva sin ponerle la vacuna de la rabia. Le falta el 23, el 24, el 25 y el 26», reprende Ambrosio Rodríguez. «¿Sabe usted qué es lo que me pasó? Me dio un infarto y se lo llevó un familiar mío», se justifica el propietario del animal, que invita a los policías a comprobar el interior del establecimiento.
Apenas las bisagras giran y permiten que la puerta se abra, un hedor capaz de revolver cualquier estómago penetra en las fosas nasales. «Estoy viendo cacas de rata, el suelo mojado todavía porque lo acaba de fregar hace un rato… Se ven todavía los restos de la caca y del pipí en la junta de las baldosas. Ahora, aunque lo ha limpiado un poco y ha abierto para que ventile, todavía huele fuerte, a la orina… Las condiciones no son para tener a un perro en un local de estos», concluye Antonio Raya.
Se detiene en un pequeño agujero en uno de los cristales de la puerta principal. «Viendo, por ejemplo, los restos de pelo y el vidrio roto, fácil es que el animal haya intentado, llorando o rascando la puerta, pedir auxilio y se haya provocado alguna lesión en la trufa, en el hocico, en los labios…», pero no puede continuar hablando. «Buah, es que esto huele muy mal», exclama. «Vamos a informar a los servicios sanitarios del Ayuntamiento, al veterinario, y también le vamos a notificar la denuncia por no tener la vacuna de la rabia al día. Vamos a intentar convencerle de que dé el animal a alguien que lo pueda tener en condiciones. Va a ser la mejor solución», detalla.
-Usted no puede atenderlo aquí.
-Tendré que venderlo o algo -se encoge el señor-.
-La situación es la siguiente: ahí no puede estar viviendo el perro. Lleva ya cuatro años el perro ahí, pero…
-Voy a ver si hablo con algún amigo mío -intenta evadir el propietario-.
-A finales de la semana que viene, nosotros vamos a pasar por aquí -advierte Raya-.
Los agentes regresan al coche, sin tiempo siquiera para redactar las líneas generales del informe, aunque Rodríguez va tomando notas en el móvil de camino a la siguiente parada. De nuevo, avisan los vecinos. «Una persona más o menos joven, que vive aquí en un barrio y, dentro del piso, parece ser que tiene cuatro o cinco perros grandes. Se quejan y nos dicen que orinan por los balcones y les chorrea a ellos, y la ordenanza de Granada no permite tener más de tres perros», relata Antonio Raya. Al llegar al lugar, las ventanas protegidas por plásticos y cartones verifican el testimonio.
Cuatro perros grandes, en un mismo piso
«Mira, Policía», se presenta el agente, algo descolocado el joven al otro lado de la puerta. «Tenemos un problemilla de que se quejan los vecinos de algunas cosillas. Sabes de qué te vamos a preguntar, ¿no? De tema de perros», esboza Raya una sonrisa cercana con la que ganarse su confianza. «Tengo cuatro perros ahora mismo», responde el chico a las preguntas de la patrulla, aunque los titubeos llegan al ser cuestionado por el chip. «Mmmm, dos sí lo tienen y dos no», sostiene.
En el interior del piso parece haber sufrido el paso de un huracán. En el recibidor, descansa sobre el suelo una desordenada montaña de bolsas y enseres, entre los que se abre paso un simpático dogo. «Este sí tiene el chip, ¿no?», pregunta Raya, en lo que Rodríguez hace las comprobaciones pertinentes, aun con problemas de cobertura. A la derecha, el fregadero asoma con dificultad entre cajas, botes vacíos, basura y utensilios sucios, para descubrir que se trata de la cocina. Al fondo, encerrados en un pequeño lavadero, observan con rostro triste dos pastores belga malinois, que ladran inquietos. «La cachorra va a hacer ahora los siete meses, que todavía no los ha cumplido. El macho no sé si hará ahora mismo el año o los once meses», apunta.
-¿Los has comprado? -interroga Raya-.
-No, son de rescate.
-De rescate no pueden ser -responde Rodríguez, a quien no le gusta un pelo la situación-.
-Bueno, de una persona que los daba -confiesa el joven-.
-Es que los que son de rescate los dan con chip -ahonda el agente-.
Pero aún quedaba otra habitación por abrir. Tras ella, el aroma a orina y animal sin lavar desde hace tiempo abruma, impregnada toda una estancia repleta de muebles destrozados. Saluda, manso, un mastín. «¡Vaya! Bicharraco», exclama Raya. «Chiquillo, pero te voy a decir una cosa, ese perro, en el piso…», antes de percatarse de que «está delgadillo». «Tienes varios problemas gordos -determina el agente-. Tienes cuatro perros y no puedes tener más de tres, pero además deben estar legales y solo tienes uno en regla. Y dentro de una vivienda, tener a estos bicharracos… Mira los orines y todos. Vamos a llamar a la perrera», saca el móvil, atónito el joven. «Buenas, de Policía Local. Nos hace falta retirar un perrillo», indica, pero Ambrosio Rodríguez, visiblemente mosqueado por el estado de los animales, indica que sean tres. «Nos hace falta retirar varios», concluye Raya.
Así, finaliza el servicio, pero no su jornada. Se montan en el coche y se dirigen a un parque. Allí, vestidos de paisano, se vuelven a camuflar entre la gente. No se les escapa nada, presente siempre su principal propósito. «Lo que buscamos es que se restituya la situación. Donde actuamos, intentamos ayudar».

