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Pedro Sánchez se erige como líder de la oposición a Trump: ¿diplomacia valiente o cálculo electoral?

Pedro Sánchez parece últimamente más centrado en su papel de opositor al presidente Trump que en otros menesteres. El presidente del Gobierno afrontará su tercer año consecutivo sin aprobar los Presupuestos Generales del Estado. El Congreso acumula más de 130 leyes en tramitación y tumbó el último decreto ómnibus con el que los socialistas trataban de blindar las medidas de su llamado ‘escudo social’.

El PSOE encadena dos derrotas claras en las últimas citas electorales —Extremadura y Aragón— y afronta otras dos en el horizonte inmediato: Castilla y León y Andalucía. La andaluza puede ser especialmente dura. No solo por el peso simbólico de una comunidad en la que los socialistas gobernaron durante cuatro décadas, sino porque todo apunta a que será María Jesús Montero, vicepresidenta primera y mano derecha de Sánchez, quien encabece una candidatura que parte en clara desventaja.

Elecciones en Castilla y León, último test en las urnas antes de Andalucía

Sánchez recupera el ‘no a la guerra’

Sin embargo, la guerra de Irán le abrió al Gobierno una nueva ventana política. La decisión de Trump de atacar Irán, con el respaldo de Netanyahu, permitió a Moncloa recuperar una narrativa probada: el ‘no a la guerra’ que los socialistas abanderaron durante el conflicto de Irak, cuando España entró en la coalición internacional bajo el Gobierno de Aznar. El posicionamiento antibelicista de Sánchez le ha granjeado cobertura internacional —el Financial Times lo situó como la «némesis» europea de Trump— y ha desplazado temporalmente el foco de la agenda interna.

El PP y Vox, en cambio, han quedado en una posición incómoda. Los populares, sin una línea clara en política internacional, y Vox, que no quiere distanciarse de su referente ideológico en Washington, han optado por criticar al Gobierno sin ofrecer una alternativa nítida. Los datos revelan la contradicción: según una encuesta de 40dB, el 64% de los votantes del PP rechaza la guerra de Irán, una mayoría clara que sin embargo no tiene reflejo en el discurso de su dirección. Entre los votantes de Vox, el rechazo alcanza el 47%. En conjunto, el 68% de los españoles se opone al conflicto, una cifra que Sánchez ha sabido leer y convertir en palanca política.

el 68% de los españoles se opone al conflicto, una cifra que Sánchez ha sabido leer y convertir en palanca política

El escenario europeo tampoco es uniforme. Von der Leyen llegó a declarar que Europa no podía seguir siendo «guardiana del viejo orden mundial», y Merz se alineó con ella en una posición más condescendiente con Washington. Meloni, pese a ser la referente europea de la derecha trumpista, ha optado por un perfil sorprendentemente bajo, evitando pronunciamientos que la comprometan con ninguno de los dos bloques. Sánchez se situó en el bando contrario al de Von der Leyen, junto al portugués Costa y otros líderes del sur, contribuyendo a que la presidenta de la Comisión rectificara posteriormente ante el Parlamento Europeo. España fue excluida de una cumbre informal europea en febrero, pero logró estar en la siguiente.

La posición del Gobierno, sin embargo, no está exenta de contradicciones. Mientras Sánchez agitaba el ‘no a la guerra’, el Ministerio de Defensa enviaba la fragata Cristóbal Colón —la más avanzada de la Armada— a aguas de Chipre, integrada en el grupo naval del portaaviones francés Charles de Gaulle. A eso se suman la batería Patriot desplegada en Turquía y 1.000 militares españoles en Líbano. El Gobierno traza la línea entre «defensa de un aliado europeo» y participación en la operación militar de EEUU e Israel. Una distinción que el PP rechaza —exige autorización del Congreso según la Ley de Defensa Nacional.

El coste del pulso con Washington

La pregunta relevante no es si España está a favor o en contra de la guerra, sino por qué Sánchez toma las decisiones que toma y a quién benefician. El posicionamiento antibelicista tiene un coste real: EEUU es aliado de la OTAN y primer inversor extranjero en España, con más de 61.000 millones en juego entre comercio e inversiones. Que Sánchez asuma ese riesgo puede leerse como valentía diplomática o como cálculo electoral. Probablemente sea las dos cosas a la vez.

El conflicto en sí no admite lecturas cómodas. Irán es un régimen que oprime sistemáticamente a su población y ha financiado durante décadas la desestabilización regional. Pero el ataque de EEUU e Israel se ha producido al margen del derecho internacional —un marco que, cierto es, lleva años siendo ignorado por unos y por otros—, y sienta un precedente peligroso. Gobernar en función del termómetro de opinión tiene sus propios riesgos, especialmente cuando tratas con la primera potencia mundial, y eso debería valorar Sánchez.

Sánchez busca impulso para 2027

Sánchez ha encontrado en el conflicto entre Irán y Estados Unidos el oxígeno político que necesita para ganar tiempo, aguantar hasta 2027 y sacar algún conejo de la chistera que le permita mantenerse en La Moncloa. La duda es si España está ejerciendo criterio propio en política exterior o si Sánchez simplemente trata de levantar las encuestas.

El factor Trump añade una variable impredecible. Si la guerra es corta y Washington sale victorioso, Sánchez quedará más expuesto de lo que está ahora. Si el conflicto se alarga, podrá prolongar el enfrentamiento con el republicano y mantener el foco lejos del bloqueo institucional y la crisis interna de su partido. Un cálculo arriesgado en el que, como siempre, quien pone las fichas sobre la mesa no es quien las pierde. Los ciudadanos españoles, una vez más, como moneda de cambio.

¿Hubiera tomado Sánchez la misma decisión con mayoría absoluta y las encuestas a favor? Probablemente nunca lo sabremos.

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