El Viernes Santo cubre de sobriedad y recogimiento a Málaga. La ciudad se sumerge en uno de los días más intensos de su Semana Santa, marcado por la contemplación de la muerte de Cristo y una atmósfera profundamente emotiva. Es una jornada que gira en torno a la hora nona, cuando se recuerda el sacrificio en la cruz, envolviendo calles y plazas en un silencio respetuoso.
Desde primeras horas de la tarde, el centro histórico comienza a transformarse. El sonido de cornetas y tambores anuncia la salida de las cofradías, mientras los tronos avanzan lentamente entre la multitud. A diferencia de otros días más vistosos, el Viernes Santo malagueño destaca por su seriedad, su elegancia y un sentimiento colectivo de duelo.
Durante la jornada, procesionan hermandades de gran tradición como el Descendimiento, el Santo Traslado, el Santo Sepulcro o la Soledad, que recorren las calles en solemne estación de penitencia. La luz de los cirios, el paso firme de los hombres de trono y el respeto del público crean una escena cargada de simbolismo.
Con cada recorrido, Málaga avanza hacia el final de la Pasión, en una espera contenida que desembocará en la alegría del Domingo de Resurrección.
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