Lo que empezó como una experiencia personal se ha convertido en un testimonio que ha cruzado fronteras por mar y tierra. Adrián Ruiz Pelayo, marbellí y fundador del proyecto ‘Un camino por descubrir’, ha culminado en Roma una peregrinación vivida desde la sencillez extrema, caminando a pie, sin dinero y «confiando plenamente en la Providencia». El broche final ha llegado en el Vaticano, donde el Papa León XIV ha bendecido el pequeño ciprés que el joven ha llevado consigo durante todo el viaje, como símbolo de paz.
El inicio de esta historia se remonta a 2019. Entonces, Adrián, que trabajaba en una empresa de marketing, decidió romper con el ritmo acelerado de su vida y emprender una peregrinación a pie hasta el monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria. Este enclave es uno de los principales lugares santos de España por custodiar el mayor fragmento del Lignum Crucis, la reliquia asociada a la cruz de Jesucristo.
Un marbellí cruza el estrecho de Mesina en pádel surf para conseguir la bendición del Papa
Caminar sin dinero, confiar en los demás
Durante aquel primer camino, Adrián tomó una decisión que marcaría su forma de entender la fe y la vida: caminar sin dinero. Se lanzó a la experiencia confiando únicamente en la hospitalidad de las personas que encontraba a su paso. «La acogida, la ayuda espontánea y los encuentros humanos me hicieron descubrir que la bondad está presente incluso donde menos la esperas», ha explicado en distintas ocasiones.
Aquella vivencia transformó lo que iba a ser un reto personal en un mensaje universal. El camino dejó de ser solo una prueba física o espiritual para convertirse en una llamada a la confianza. Con el paso del tiempo, aquella intuición inicial se consolidó en un proyecto con identidad propia. ‘Un camino por descubrir’ nació con el objetivo de mostrar, a través del testimonio y las redes sociales, que es posible vivir de otra manera: con menos miedo, más sencillez y más humanidad.
Junto a su amigo Andrea Martello —que finalmente no pudo emprender la travesía—, Adrián se propuso convertirse en lo que él mismo definía como «influencers del bien»: «Queremos conectar con las personas como lo hacía Jesús, pescando la bondad y mostrando que todavía existe altruismo», explicaba a 101TV antes de iniciar su aventura hacia Italia.
Una travesía marcada por retos y señales
La peregrinación hacia Roma no estuvo exenta de dificultades. Uno de los momentos más exigentes y simbólicos fue el cruce del estrecho de Mesina, que separa Sicilia de la península italiana. Adrián lo atravesó remando sobre una tabla de pádel surf, salvando tres kilómetros de agua salada en lo que él mismo definió como «el punto fuerte número uno» del viaje.
En Mesina, además, vivió una coincidencia que interpreta como una señal espiritual. Allí conoció la historia de San Francisco de Paula, quien, según la tradición, cruzó el estrecho sobre su manto. Días después, durante una cena en un santuario, un sacerdote le preguntó desde cuándo caminaba. «Le dije que desde el 2 de abril y me respondió que ese día murió San Francisco de Paula. Me quedé en shock», relata Adrián, convencido de que no era una casualidad.
Tras más de seis meses de camino, iniciados en Palermo, Adrián alcanzó finalmente Roma coincidiendo con el cierre del Jubileo de la Esperanza. El miércoles 7 de enero de 2026, tras la Audiencia General, pudo saludar brevemente al Papa León XIV. El gesto fue sencillo, pero profundamente simbólico. Adrián pidió al Pontífice la bendición de una pequeña planta de ciprés que había llevado consigo desde España durante toda la peregrinación.
Un ciprés como símbolo de fe
El ciprés representa, según explica el propio Adrián, un camino de fe, paz y reconciliación. Simboliza también la unión entre dos lugares sagrados: el Vaticano y el monasterio de Santo Toribio de Liébana. La intención es que, tras ser bendecida por el Papa, la planta regrese a España y sea plantada allí como signo visible de un camino recorrido y compartido.
Durante el breve intercambio, Adrián se presentó ante el Papa como un «peregrino de esperanza», en plena sintonía con el espíritu del Jubileo. Para él, el encuentro no fue una meta personal ni un reconocimiento, sino «el punto culminante de un itinerario vivido desde el abandono confiado y la gratuidad».
Lejos de considerar su llegada a Roma como un final, Adrián entiende este momento como un nuevo punto de partida. ‘Un camino por descubrir» continúa vivo como testimonio de que otra forma de caminar —y de vivir— es posible. «Caminar sin miedo puede transformar la vida», sostiene. Su historia, ahora bendecida en el Vaticano, vuelve a España para echar raíces y seguir creciendo, como el ciprés que pronto será plantado en Liébana.
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