En Grazalema no llovía solo desde el cielo. Llovía desde el suelo, desde las paredes, enchufes y desde el miedo. El agua empezó a brotar donde nunca antes lo había hecho y el pueblo, acostumbrado a convivir con la lluvia, entendió de golpe que esta vez era distinto. Que esta vez había que irse.
Francisco Naranjo lo cuenta con la voz serena de quien intenta no quebrarse. Habla de calles anegadas, de casas que crujen, de la sensación de no saber si el suelo que pisas seguirá ahí mañana. Grazalema, uno de los pueblos más lluviosos de España, se convirtió en una trampa silenciosa cuando el acuífero dijo basta y empezó a devolver toda el agua acumulada durante días. «La intervención del Infoca fue clave: los equipos detectaron inestabilidad en el terreno y aconsejaron el desalojo inmediato», expresa Francisco Naranjo.
El desalojo fue rápido, preventivo, necesario. Cerca de dos mil personas abandonaron sus hogares casi con lo puesto. Algunos cerraron la puerta sin saber si volverían a abrirla. Otros ni siquiera tuvieron tiempo de pensar qué dejaban atrás. En los coches, en los autobuses rumbo a Ronda, viajaba algo más que vecinos: viajaban recuerdos, rutinas, negocios levantados durante años. «El pueblo era ya más un pantano y las calles, ríos», señala José Miguel uno de los vecinos de Grazalema.
Casas inundadas y negocios en vela
Una de las vecinas lo resume con pocas palabras y mucha angustia. Tiene un pequeño negocio y no sabe qué va a pasar. No sabe si el agua respetará su local, si las paredes aguantarán, si cuando regrese quedará algo por salvar. «Mi negocio de momento está bien, pero el de otros vecinos desgraciadamente no», expresa Alba Castro, vecina de Grazalema. El miedo no es solo al agua; es a la incertidumbre. A empezar de cero sin saber si habrá un mañana igual al de antes.
Mientras los técnicos revisan el terreno y los servicios de emergencia vigilan cada movimiento de la tierra, Grazalema espera. Espera en pabellones, en casas prestadas, en habitaciones donde cuesta dormir. Espera mirando el móvil, buscando noticias, llamando a vecinos para saber si su calle sigue en pie.
Este no es solo un desalojo por lluvias. Es una fractura emocional. Un pueblo entero arrancado de su sitio, obligado a mirar desde fuera su propia vida. Grazalema no está vacía, está suspendida. Y sus vecinos, como Francisco y tantas otras voces, solo piden una cosa: poder volver. Volver sin miedo. Volver a casa.
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