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20/08/2022
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Semana Santa Málaga

Yo más

“Ahí va José María, YO, miradme qué poderío. Todos los que os habéis burlado de mí, miradme ahora. Con mi traje Armani, impoluto, ajustado a mi cuerpo perfecto. Mirad mi cara, mi pelo, cómo reluzco, por Dios. Llevo en la solapa la insignia al mérito tan limpia y reluciente como mi honra, mi educación, mi prestigio, mi saber, mi reputación, mi todo. Y colgando de mi cuello la medalla dorada que me corresponde en cordón de oro fino tejido por esas piadosas monjas del convento más selecto de la diócesis. Y de mi brazo, oh la más bella esposa, comparable solo con mi madre y la que está en el altar. Miradla bien en que estilo de señora la he convertido. Qué esbeltez propia del clasicismo griego. Cómo viste con este traje regio, único en su estilo que solo han lucido mi señora, Jackie Kennedy y Gracia Patricia de Mónaco. Y esa mantilla, que parece ligera espuma, humo de incienso, el mismo cielo cubriendo la peina de carey, corona la bella testa de mi mujer, clavada en su cabello rubio, tirante, recogido en un rodete de doble trenza en la nuca. Vaya collar de tres vueltas de perlas le regalé para nuestro primer aniversario. Oh qué pulsera de medallones de oro, la de pedida, y ese reloj Cartier de brillantes y platino. Chistiandiorizada se yergue esta torre de marfil que es ella cogida como una imagen de Canova a mi brazo. Nuestras pisadas apenas se oyen sobre la escalinata imperial forrada por tan muñida alfombra. La gente nos contempla felices, extasiados, arrobados. Somos una aparición celeste que nos elevamos casi sin andar al piso noble de tan palaciego edificio para proclamar mi ansiado primer discurso como…”

De pronto Jose María, Josemari para su madre, el Josema en el colegio, el Joma en el barrio, el Yomás en el universo cofrade, se despierta en el sofá. Abre los ojillos miopes, las gafas torcidas y el pelo hecho un desastre, y se da cuenta que la película de Alan Parker ya ha terminado y solo se ve en la pantalla los nuevos estrenos del canal de pago que comparte con sus hermanos y un compañero de trabajo. No lo han despertado los sutiles ronquidos de su mujer que se quedó frita en el sofá antes del Don´t cry for me Argentina. Evita despertarla, la tapa con la bata y se acuesta con ese amargor hondo tras la ruptura del sueño tan azucarado, merecido y bello. Ahora le costará dormirse. Vela el tálamo la fotografía 60×95 de Ella, arropada por el suntuoso manto de la coronación pontificia, con los fulgores incandescentes de su corona de oro, todo enmarcado en ese marco finito del Hiper Asia. Le cuesta dormirse. Quizá sea por la cena, esa tortillita francesa quemada; o quizá por la conversación previa a la película con su mujer que le envenenó un poquito con sus reproches: “Como no te impongas, no llegarás a nada en este mundillo”. Pero es, él lo sabe muy bien, porque se oye tímidamente a lo lejos, muy flojito en el ojopatio, la marcha de la Dolorosa del barrio. “Ay qué cutrerío de gente”, se queja y se revuelve en la cama hasta que se cree dormido aunque no lo está.

La cofradía de su barrio… ¿Cómo se pudo fundar y menos aprobar y muchísimo menos bajar a la catedral? “¿De qué van estos? Ay, en el fondo me dan pena porque son buena gentuza. Pero…”. Empezaron muy lentamente tras la bendición de la Virgen en la parroquia de su calle, iglesia que jamás volvió a pisar. Siempre se fuerza a pasar de lado, sin mirar un cartel, sin cruzarse con nada que le recordarse que allí, en su barrio, había una hermandad. “Yo de ellos solo quiero la lotería de Navidad, vaya que toque”. Ese décimo que él manda comprar al hermano del vecino del sobrino del mejor amigo de su hijo. “No digas que es para mí, se van a creer importantes”.

Él desde niño ha preferido una cofradía centenaria de abolengo, de calidad suprema, de gran patrimonio, de las que salían con fotos a color en las revistas cofrades. Deseaba desde chico ser de esa hermandad y así lo recalcaba en las tertulias cofrades de recreo la semana antes de las procesiones. “Yo siempre seré de la mejor. Yo más que tú, que vosotros”. Y los niños, nazarenitos de diversas hermandades, se reían de él cuando esa semana ya venía con su corbata puesta aunque tocase gimnasia. Y se repetía mentalmente: “Yo siempre más, yo más importante que la plebe de este entorno tan miserable y triste”. Se hizo hermano obviamente de esa cofradía grandiosa y el día de la procesión, ahí iba él con su túnica puesta, capirote en el brazo, dando vueltas entre los bloques del barrio, saludando a la gente con la mano libre. “Voy para mi Cofradía, la mejor”. Y el padre, harto de esperar, lo recogía en su seiscientos blanco para llevarle al centro.

En el instituto ya había anotado en su libretilla como sería la junta de gobierno y consejeros, más de 300 personas, que le aplaudirían cuando jurase el cargo. Los compañeros, aburridos, tras engullir el bocata, se iban a jugar a la pelota. “El Joma está hoy insoportable. Al menos nos deja copiar los deberes de latín”. Él se quedaba solo, “jugar al fútbol es de ser pobre y marginal”. Mientras masticaba con lentitud su phoskito, fue pasando a la universidad, imaginando la casa hermandad de sus sueños con las vitrinas llenas de banderas, paños de bocina, guiones, estandartes bordados, la platería más delicada en todos los enseres, los encajes soberbios de anticuario, las siete sayas de salida, las tres túnicas bordadas del Cristo, los ángeles de la Roldana que sujetan su cíngulo en el retablo de maderas doradas y estofadas que conforman sus andas procesionales. Y, cómo no, su despacho de hermano mayor, la joya de la corona, con la mesa de estilo imperio, ese sillón de madera dorada con la espalda bordada hasta doler y el cojín donde a veces poner sus pies para tocar el suelo de tanta gloria a modo de escabel.

El no podía soñar, no se lo podía permitir, con una hermandad de barrio, la del suyo, que un día nació allí, entre avenidas y edificios de doce plantas. “Qué pobres son, paso”. Ni trono, ni enseres, ni bordados, ni casa hermandad, ni despacho de hermano mayor. “¡Qué cutre!”.

En los días previos a la procesión de su grandiosa hermandad se pone el traje, el del 3×2 que adquirió en el Diplo, el pin con el escudo y la medalla colgada desde que sale por el portal. La gente en el autobús lo mira y él se dice: “yo más”. En la puerta del palacio hermandad se pone a ojear hasta contemplar a esas inocentes víctimas que miran de puntillas entre el gentío. Son de su barrio, jubilados que han bajado al centro a dar un paseo mañanero. “Ey, Paco, Antonio, Toñi, ESTA ES MI COFRADÍA, pasad. Estos son los bastones que hemos hecho en plata por supuesto; estos son los estandartes actuales que nos han costado una “milloná” y que se pagaron a toca teja”. Los abuelos del barrio lo miran con una media sonrisa. Y lo acompañan a la enorme mesa de recuerdos donde les obliga zalamero a comprar algo. Ellos cogen una estampita y abren el monedero para echar el euro de rigor en la bandeja de plata, y de pronto, oh no, en la cartera abierta ve, junto a las caritas de los nietos, la fotito de la Dolorosa del barrio, la de la hermandad pobre, a la que solo ha visto de refilón. “Yo no quiero mirarla, yo no quiero mirarla”.

Tras hacerles el compromiso de que vean la sala de juntas con todos los cuadros de los hermanos ilustres de los últimos tres siglos, él con los ojos vueltos se jacta de que algún día su retrato estará allí entre tantos históricos. Los vecinos miran el reloj y se despiden presurosos. En dos horas sale la hermandad del barrio y se quieren tomar una tapita antes ya que la noche será larga. Él los despide en la puerta con cara de pena. “Pobres…”

Al cerrar bien la puerta del salón de cabildos, vaya que después como siempre le critiquen los que vigilan sus pasos, recuerda (y se viene arriba) con que altivez y seguridad habla él cuando se celebran. Con una retórica enorme de la que se siente tan orgulloso de sí mismo. La gente ya le conoce y bosteza, murmulla se ríe y hasta protesta. “Qué envidiosa es la gente”. Pero el no se da por aludido y no para hasta que el hermano mayor dice “qué conste en acta”. Así ya se siente satisfecho porque en su aportación necesaria ha dejado claro que él es lo más. Y que la última palabra es la suya.

Hay gente haciendo corrillos. Sabe que lo critican por ir a los cultos, siempre en el momento de la salve, y no colaborar en nada más. “Qué trabajen otros. Yo voy a ser un día hermano mayor”. Solo mira y da charla a quien esté cerca de él. “Vengo de la oficina, no quiero que se me ensucie el traje. ¿Tienes mi tarjeta?” Y saluda acercando la mano derecha con la palma hacia abajo. Y piensa “Éste me vota”. Y le dice al oído: “yo voy a salvar este imperio de cofradía que va a la deriva con esta junta tan mala. Te llamaré para contar contigo. Pero no digas nada”. Y con sus andares de ser superior pulula por esa gran casa y sigue buscando conversación. Hasta que… “Oye, tú por qué no te vas a la de tu barrio”. Esa es la lanza que más le duele. Vuelve la cara y se hace el sordo. Y sigue buscando insatisfechos, esos dolidos que hay en todas las hermandades. Él les regala el oído, pone cara de psicólogo y los otros caen y cuentan sus desengaños. “Me quitaron el martillo, después de 50 años, no hay derecho”. Mientras ve las bocas moverse y a veces los ojos lagrimosos, piensa en cuánta gente de la familia de estos serán hermanos y podrán votar. Hace numerosas cuentas mentales. Anota todo en su libretilla, pero no le salen, no le salen. ¿Y si se presenta, se tira al barro y suena la flauta? El mundo es de los valientes, hay que arriesgarse. Pero no tiene avales, quizás en cuatro años sí. Hay que seguir viniendo por aquí, que la gente le conozca, hacerse muchas fotos, subirlas a las rrss, poner a la junta en aprietos durante los cabildos con esas preguntas fruto de las más elaboradas investigaciones, que le vean valiente, que él puede salvar la cofradía. “Qué soy lo más. Siempre lo he sido. Ya lo dicen en mi barrio, en mi trabajo: Yo más, yo más”.

Y pasan los años en múltiplos de 4 y se le ve en sus sillas de la Alameda contando que aun siendo lo más en capacidades de mando y gestión de grandes cofradías, aún no ha dado el salto para ponerse al frente. Y eso que la hermandad va a la deriva. El tiene el mejor de los programas de actuación, pero la gente aún es muy atrasada en esos conceptos tan innovadores. La marisabidilla sentada justo delante, atenta a la conversación, escribe en sus 12 grupos de whatsapp: “Aquí está el Yomás haciendo otra vez el ridículo. Vaya personaje. Está loca”. José María lee las carcajadas en los 5 grupos que comparten, y echando humo por las orejas, ni se da cuenta que ha comenzado a pasar la cofradía de su barrio. Sí, la pobre cofradía que ha crecido un poquito, no mucho, pero ha crecido. Ahí camina con gracia cofrade por el centro. Y él se levanta de golpe para irse al bar, hay tanto barullo en las aceras que opta por pasar por el centro de la procesión. “Qué vean que yo no les miro”. Y de pronto, pobrecito, las suelas de sus zapatos gastados resbalan con el líquido anticera y cae delante del trono. En ese segundo del tremendo golpe, de inconsciencia, vergüenza y estupor, oyendo las carcajadas de todos, ve como Ella, la Dolorosa pobre, la que va casi de liso, con las manos pequeñitas, sujetando el pañuelo sobrio y el rosario de plata, los ojitos bajos, la boquita entreabierta, esa imagen a la que tanto detesta le dice: “Hijo mío, levántate, no tengas miedo, ¿no ves que estoy aquí y soy tu Madre?”.

SALVADOR DE LOS REYES

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