Durante diez años, Andrea Lozano guardó silencio. No porque el recuerdo se hubiera borrado, sino porque aprendió que hablar no siempre sirve para ser escuchada. Fue alumna de un instituto IES Benalmádena y, según su testimonio, que ella misma subió a sus redes sociales desde el primer día entendió que allí no estaba a salvo. El acoso no fue puntual ni invisible: fue constante, cotidiano, desgastante. Una forma de violencia que no siempre deja marcas físicas, pero que cala hondo y se queda. Y con lo ocurrido con Ángela, la joven de 14 años que se quitó la vida este pasado fin de semana, Andrea «no se calla más».
La exalumna cuenta que su vida se volvió «imposible». Que cada jornada escolar era una batalla que nadie parecía dispuesto a librar con ella. Se sintió señalada, humillada, sola. «Me insultaba, me ponían motes, me hacían la zancadilla para que me cayese por las escaleras y me tiraban de los pies», señala la exalumna. Y lo más grave, dice, no fue solo la actitud de algunos compañeros, sino la sensación de abandono y negatividad por parte del profesorado: la impresión de que pedir ayuda no cambiaba nada.
«Llevaba brackets y del golpe que me dieron aún tengo la cicatriz en la boca»
Con el tiempo, optó por callar. Callar para sobrevivir. Callar para seguir adelante. Hoy, diez años después, Andrea ha decidido hablar. Lo hace cuando el nombre de Ángela resuena con fuerza y dolor en la misma comunidad educativa. La muerte de loa joven ha sacudido conciencias y ha puesto bajo la lupa a un sistema que asegura no haber detectado señales de acoso escolar en su caso. El IES Benalmádena, como señalaba la Junta de Andalucía, contaba con cinco casos de acoso y conductas autolíticas abiertos, pero ninguno era de Ángela. Para el sistema educativo «era una alumna ejemplar, delegada de su clase y lo único que alertaba eran ciertas faltas de asistencia». No hubo alertas previas. Oficialmente, todo parecía estar en orden y apuntan a que el acoso se realizaba fuera del instituto y a través de las redes sociales.
«Cada día era intentar sobrevivir»
Pero los testimonios como el de Andrea incomodan porque rompen esa aparente normalidad. Porque recuerdan que no todo lo que duele se registra en un informe, como le pasó a Andrea cuando estudiaba en ese instituto. Andrea no habla para señalar culpables concretos. Habla para advertir. «Dejé de comer por los comentarios que me hacían por mi cuerpo, y cuando la tomaban con otra compañera, muy a mi pesar, eran los días en los que podía vivir con más normalidad».
El caso de Ángela y la voz tardía de Andrea se cruzan en un punto común: la urgencia de mirar más allá de los expedientes cerrados y de los protocolos activados o no. De entender que el acoso no siempre grita. A veces susurra, se esconde, se normaliza. Andrea habla hoy por la adolescente que fue. Y, quizás, por quienes aún no pueden hacerlo.
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