Mientras los ránkings internacionales y los fríos datos del informe PISA se empeñan en reducir la enseñanza a gráficos de barras, en un rincón de La Línea de la Concepción demuestran que hay otra forma de medir el talento. Una alternativa con alma, salitre y mucha pedagogía.
El CEIP Santiago, un colegio público de una sola línea donde todos se definen como «una gran familia», ha puesto el broche de oro a sus pruebas iniciales del curso 26/27. Lo han hecho lejos del estrés del folio en blanco y el silencio sepulcral del examen tradicional: transformando el centro en un gran océano lúdico con la gymkana «Mirando al Mar». Para esta comunidad educativa, las primeras semanas de septiembre no son un castigo. Son, como bien define el profesor Jesús Cortés, la «pretemporada del fútbol en las aulas». Tras el parón del verano toca recuperar el ritmo, desempolvar saberes y, sobre todo, observar detalladamente desde dónde arranca cada alumno.

Una travesía literaria entre asignaturas y desafíos
El viaje pedagógico cobraba vida cuando las diferentes «tripulaciones» de primaria —con nombres como perla, kraken o tripulación calavera— se adentraban en una travesía de veinte minutos por estación, inspirada en los grandes clásicos de la literatura de aventuras. El gimnasio del colegio se convirtió en el universo de Los Piratas del Caribe, el escenario idóneo para que la seño Ana evaluara con destreza la adaptación de los alumnos a la asignatura bilingüe. Sin salir de esa atmósfera bucanera, la señorita Sofía lo tenía todo calculado en su propio puerto para diagnosticar el nivel de los niños en Conocimiento del Medio.
La magia continuaba en el célebre Puerto de Nunca Jamás. Allí, el profesor Luis se transmutaba en Peter Pan —escoltado por Campanilla, Tigrilla y los indios— para auscultar el dominio del inglés adaptándose al nivel de cada mesa. El rincón de los números llegó de la mano de La vuelta al mundo en 80 días. Emulando a Phileas Fogg, el maestro Carlos Flores Calle ponía a prueba el razonamiento matemático: desde el conteo básico y la toma de decisiones en el primer ciclo, hasta los cálculos avanzados y la coordinación en los más mayores.
El broche final lo ponían las letras y las emociones. En el puerto de La Isla del Tesoro, bajo la sombra de John Silver el Largo y el Capitán Flint, el profesor Jesús Cortés retaba la creatividad y la gramática de los niños, que debían lanzar un dado para elegir temáticas y desarrollar una historia original en quince minutos. A pocos metros, en el espacio de La Sirenita, la seño Paula se convertía en Ariel para sumergirse en el placer de la lectura, analizando de cerca la comprensión lectora, el nivel de atención y la capacidad de los alumnos para encontrar soluciones de forma autónoma.

Evaluar no es rellenar fichas
«El alumno debe aplicar lo que sabe en situaciones contextualizadas en lugar de limitarse a reproducir contenidos de manera aislada», explica Luis Serrano Pedrosa, director del centro. Para el equipo docente, esta gymkana es una mina de oro para la observación directa. Mientras los niños juegan, cooperan y salvan adversidades, los profesores anotan cómo se comunican, cómo recuperan el aprendizaje previo y cómo resuelven problemas en equipo, «evitando que se focalice la enseñanza en una prueba escrita descontextualizada».
Uno de los grandes caballos de batalla de este diagnóstico ha sido la comprensión lectora. En un mundo hiperestimulado por las pantallas y los videojuegos, los maestros del CEIP Santiago detectan que el verdadero reto no es operar, sino entender. «A veces les cuesta analizar lo que leen para transmitirlo. En matemáticas hacemos una actividad que es ‘la historia detrás del problema’», apunta Jesús Cortés. «Si Juan tiene dos manzanas y Pepe le da tres, queremos saber quién es Juan, por qué tiene las manzanas… se trata de entender qué está pasando».
El paradigma educativo está cambiando en este pequeño colegio linense. Ya no se lleva el clásico «yo explico, tú haces el ejercicio, yo te corrijo». Ahora se busca dar herramientas y estrategias para que el alumno sea competente de forma autónoma. Al aprender a escribir una historia marinera, el alumno ya está leyendo, ya está pensando, ya está aplicando la ortografía.
Detrás de este engranaje, que lleva varios cursos funcionando con éxito, se encuentra un equipo directivo muy comprometido —formado por el director Luis Serrano Pedrosa, la Jefa de Estudios Verónica Cañete Marfil y la Secretaria María del Carmen Delgado Moreno— y docentes que, como Jesús Cortés (alma máter en la organización) o Carlos Flores, demuestran que la escuela pública no necesita ránkings desalmados cuando le sobra vocación, originalidad y amor por sus alumnos.


Síguenos en redes




















