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El malagueño de 80 años que estudia la carrera de Historia: «Papel y boli frente a la aberración de la IA»

En contraste con las mochilas y bolsos cargados con portátiles y ‘tablets’, Manuel Montes llega a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga tan solo con una libreta bajo el brazo y un bolígrafo. En tercero de Historia, con «80 años y un poquito», se mueve por los pasillos con la tranquilidad de quien ya ha recorrido muchas vidas en una sola: la del estudiante, la del trabajador, la del padre y abuelo de familia numerosa y, ahora, la del universitario veterano que vuelve a empezar.

Sin embargo, el mundo ahora es muy diferente. La tecnología aparece como una frontera, aunque también, como un puente. Y es que Manuel no reniega del todo, pero elige trinchera: «Yo sigo con mi libreta y mi bolígrafo», sentencia. Y remata con una crítica que le sale sin rodeos: «Me parece una aberración cómo se usa muchas veces la IA y todos estos inventos de ahora… sacar los temas ya solucionados en internet me parece una tontería, porque entonces venimos a aprobar, no a aprender».

La historia del estudiante más longevo de la UMA no es la de una jubilación contemplativa, si no la de alguien que tiene auténtica vocación por aprender y formarse: «Yo estudié mi primera etapa, peritaje mercantil, profesado mercantil; después ya empecé a trabajar», cuenta. Se formó en economía, se dedicó a las ventas y fue «agente comercial colegiado» durante años. A los 60, un problema de espalda lo empujó a una decisión que para muchos sería un cierre, pero para él fue una puerta: jubilarse y volver a las aulas.

«Sacar los temas ya solucionados en internet me parece una tontería, porque entonces venimos a aprobar, no a aprender»

Una segunda juventud entre aulas

Tras colgar la vida laboral, Manuel eligió el camino menos previsible. Se matriculó en Periodismo, se especializó en comunicación audiovisual y llegó a hacer un doctorado. «De pronto me encontré que ya había terminado», recuerda, y aun así siguió vinculado al oficio: colaboraciones en emisoras y periódicos, «pero siempre gratis porque ya era jubilado». No lo dice con queja, sino con la serenidad de quien trabaja por vocación.

El salto a Historia llegó por una sensación de deuda personal. «Yo veía que estaba un poco flojo de historia», admite. Y ahí está, tres años después. Manuel habla de estudiar como quien habla de respirar: «En esta vida no se termina de aprender nunca, jamás». A su manera, la universidad se le ha convertido en un calendario extendido, en la prueba de que la edad no clausura la curiosidad.

Memoria, fechas y el privilegio de haberlo vivido

La carrera, dice, «es muy bonita», aunque también «complicada» para él. La razón no es el ritmo, ni los profesores, ni el ambiente: es la memoria. «Mi memoria no es la misma que tenía cuando tenía 20 años», confiesa. Historia exige cifras, datos, fechas, pero él no persigue una matrícula de honor. «Yo lo que pretendo tampoco es sacar una carrera brillante, sino aprender de conjunto lo que ha pasado», explica. Lo que a Manuel le importa es aprender con «un punto de vista crítico», porque la historia, como la actualidad, no deja de moverse.

En el aula hay un detalle que lo convierte en documento vivo. Algunos temas del temario los ha atravesado en primera persona. Y no es una metáfora. En Historia Contemporánea, la profesora le lanzó una petición: «Me ha pedido que yo le explique el 23F a los compañeros, porque claro, yo estaba allí».

«En esta vida no se termina de aprender nunca, jamás»

Jóvenes, dominó y libretas gastadas

Lo más valioso, insiste, no está solo en lo que aprende, sino en cómo le cambia la vida diaria. «Con los jóvenes me lo paso extraordinariamente», dice, y dibuja un contraste que se le nota pensado: otras perspectivas frente a la imagen de quienes, a su edad, están «pendientes más del ocaso y de ver cómo juegan al dominó».

Y aunque prefiera la tinta y el papel,  el malagueño no vive aislado de lo digital: tiene ocho hijos, los ocho son universitarios, 20 nietos, algunos incluso en los mismos cursos que él. De ellos aprende, sobre todo, a manejar lo que a veces le supera: «Yo me meto en un ordenador y me puedo volver loco», dice entre risas.

El futuro: italiano, Málaga y atarazanas

Su método de estudio es casi artesanal. «Yo gasto cada año seis libretas como esta… y dos o tres bolígrafos, porque me gusta escribir». No es capricho: «Yo no sé estudiar de otra manera que no sea escribiendo». En sus cuadernos hay tachones, horas apuntadas, palabras sueltas, esquemas que «entiendo yo solo». En una libreta recién empezada asoman temas como «la religión, la organización social», apuntes para esa Historia de la religión en la Antigüedad que lo espera a las doce y media en el aula.

Le queda un año para terminar y, como si la carrera aún quisiera ponerle un listón, le exigen un B1 de italiano. «Yo he estudiado inglés, italiano y francés… pero yo no sé ahora mismo para examinarme». Lo dice sin dramatismo, con esa mezcla de disciplina y humor que lo sostiene. Después, quiere volver la mirada a su ciudad: «Me gustaría hacer un estudio sobre Málaga… un estudio profundo sobre las atarazanas de Málaga», un proyecto que, en su propia frase, le ocupará «el poco tiempo que me queda de vida».

Antes de despedirse, deja una última escena: la de un hombre que escucha la radio de madrugada y se reconoce en otro. «Ayer descubrí que en Extremadura hay también otro estudiante como yo, de más de ochenta años». Y concluye, casi celebrándolo: «No estoy yo solo». En la UMA tampoco: «Tengo compañeros aquí también de cincuenta, de sesenta». La frase, sencilla, suena a titular sin quererlo: la gente mayor también se está formando. Y Manuel, libreta en mano, es un claro ejemplo de ello.

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