Hay quienes prefieren custodiar una ruina antes que compartir una casa. Conservar la llave, vigilar la puerta, decidir quién entra. Aunque dentro ya haga frío. Aunque fuera haya miles de personas buscando un lugar desde el que defender su futuro.
Esa tentación recorre la izquierda cada vez que la necesidad de construir una alternativa tropieza con los intereses de quienes administran sus fronteras. Se pronuncia la palabra unidad mientras se cuentan posiciones. Se invoca al pueblo mientras se negocian parcelas. Y la esperanza queda esperando en el pasillo.
Fuera, la vida no concede prórrogas.
Hay cocinas donde las cuentas se hacen de madrugada. Jóvenes que han aprendido a llamar paciencia a la imposibilidad de empezar su vida. Trabajadoras que entregan el día entero y reciben a cambio lo justo para volver mañana. Personas para las que el futuro se ha reducido a una pregunta: qué podrán pagar este mes.
Ahí debería tener los pies cualquier proyecto de transformación. Sobre ese suelo áspero donde una decisión política puede significar una casa, una atención médica, una hora de descanso. Allí donde la dignidad necesita algo más que ser nombrada.
Sin embargo, demasiadas direcciones parecen habitar un mundo acolchado. Los conflictos llegan traducidos a cálculos electorales; el sufrimiento, convertido en argumento. Rodeadas de asentimientos, terminan confundiendo el eco con la voz de la calle. Nadie les contradice. Nadie abre una ventana. Hasta que entra la realidad y derriba el decorado.
La mediocridad se vuelve peligrosa cuando tiene poder para bloquear lo necesario.
Porque cada oportunidad desperdiciada deja una herida. La confianza rota rara vez hace ruido: se retira. Una persona deja de acudir, otra deja de defender, otra deja de votar. Y donde había voluntad de cambiar las cosas empieza a crecer la convicción de que nada puede cambiar.
Ese terreno nunca permanece vacío. La reacción lo ocupa. Recoge el dolor, le fabrica un culpable y lo devuelve convertido en odio contra alguien todavía más vulnerable. Mientras la izquierda discute sus límites, otros ensanchan los del miedo.
Por eso urge un frente amplio de verdad. Una fuerza arraigada en la sociedad, capaz de reunir a quienes trabajan, cuidan, estudian y sostienen barrios y pueblos. Capaz de transformar necesidades compartidas en compromisos concretos y de disputar el poder necesario para cumplirlos.
Su amplitud tendrá que medirse por la gente que pueda reconocerse en él. Por su capacidad de abrir decisiones a sindicatos, movimientos sociales, colectivos y personas sin carné. Por la claridad de un programa que defienda vivienda, salarios, servicios públicos y tiempo para vivir.
Y por su determinación ante los intereses que convierten cada derecho en un negocio.
Construirlo exige reglas democráticas y voluntad de compartir poder. Exige aceptar que una organización vale por lo que aporta a la vida de los demás. Que ningún dirigente es imprescindible. Que una trayectoria merece respeto, pero jamás concede la propiedad del porvenir.
Habrá diferencias. También habrá que ceder. La responsabilidad empieza cuando el bien común pesa más que la comodidad propia.
La sociedad necesita una alternativa que despierte deseos además de contener amenazas. Que permita imaginar una vida menos exhausta. Que devuelva a la palabra futuro algo de su antigua luz.
Todo eso está por construir. Y el tiempo importa: cada aplazamiento se paga en vidas que siguen encogiendo, en derechos que se debilitan, en esperanza que se pierde.
Quienes hoy pueden abrir el camino deberían comprender la gravedad de cerrarlo. Mañana, las explicaciones sobre vetos, cuotas y desencuentros sonarán obscenas ante quienes necesitaban una salida.
Todavía es posible levantar una casa común. Pero habrá que soltar las llaves de las parcelas y ponerse a construir.
Síguenos en redes






