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Un hogar de acogida: el puente hacia una mejor vida en familia

Hay niños que crecen sin saber qué significa sentirse en casa. Que no identifican una casa como un lugar seguro ni asocian la palabra «familia» con estabilidad. Son menores que, por distintas circunstancias, violencia, abandono, consumo de drogas o situaciones de desprotección, han tenido que salir de sus hogares. Y ahí, en ese punto de ruptura, empieza otra historia. El trabajo como el que hace la entidad Mejor en Familia es crucial para buscar un puente, un camino hacia una vida mejor.

Asociaciones como Mejor en Familia trabajan para que esos niños no crezcan solos. Detrás hay mujeres, muchas de ellas madres de acogida,  que decidieron organizarse hace cinco años para dar visibilidad a una realidad que, como ellas mismas dicen, «es el gran desconocido».

«Había niños que necesitaban una familia y mucha gente no lo sabía»

De la necesidad de un techo para los niños más necesitados, nació la asociación: como altavoz, pero también como red de apoyo para quienes deciden dar el paso. Porque el acogimiento no es adopción. Es, como ellas lo definen, «ser el puente de los niños, que sientan que tienen un hogar, un futuro y una cierta seguridad», señala Encarni Lara, presidenta de la asociación. Un tiempo en el que las familias acogen en sus casas a menores mientras la administración decide si pueden volver con su familia biológica o si su futuro pasa por la adopción. Mientras tanto, hay algo urgente que ofrecer: estabilidad.

El puente de los niños en acogida

«Nos llaman y nosotras acudimos, nos llevamos a los niños a nuestras casas», señala Gabriela Romero, vicepresidenta de la asociación. Niños que, muchas veces, «vienen un poquito perdidos». Y ahí empieza un proceso lento, cotidiano y profundamente transformador. «Con mucha paciencia, mucho cariño y mucho amor, los niños se adaptan a ti  y tú a ellos».

No hay un único modelo de familia. «Puede ser monoparental, puede ser cualquier familia», explica Lara. Lo que sí hay en común es la decisión de implicarse en una historia que no siempre es fácil. Porque acoger también significa enfrentarse a lo emocional: al vínculo y a la despedida.

«Nunca olvidaré esa frase que vi en Antequera para ayudar a los niños de acogida: ¿puedo irme contigo?»

«Todo el mundo me dice: ‘yo no podría’”, reconoce María, maestra y madre de acogida. «Y yo pensaba lo mismo. Pero es lanzarse». Porque sí, el duelo existe. Se pasa muy mal cuando se van. Pero hay algo que pesa más: «ver la evolución de cómo llegan a cómo se van eso lo compensa todo».

Algunos casos dejan huella de forma permanente. Como el de una familia que, tras años de acogimiento, logró adoptar: «Decidimos arriesgar, luchar por él. El no ya lo teníamos». No es lo habitual, pero refleja hasta qué punto los vínculos pueden crecer. También hay historias más pequeñas, pero igual de significativas. Niños que conviven y se llaman entre ellos «primos del corazón». Formas nuevas de entender la familia, lejos de los lazos de sangre.

El acogimiento no borra el pasado. Pero ofrece algo esencial: un presente distinto. Un espacio donde aprender que una casa puede ser un hogar. Aunque no sea para siempre. Porque, a veces, crecer acompañado marca la diferencia. Y para muchos niños, ese tiempo, aunque sea limitado, lo cambia todo.

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