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Loros contra la soledad: la historia del malagueño que recorre residencias y centros sociales con sus aves

El loro habla y, por tanto, el loro acompaña. En una sociedad fragmentada y donde crece la preocupación por la soledad no deseada entre mayores y a veces personas no tan longevas, iniciativas como la de Miguel Robles en Málaga aportan su granito de arena. Este propietario de una pequeña tienda de mascotas en Málaga lleva cada semana sus aves a residencias de mayores y centros de menores con discapacidad para que durante un rato el color y el sonido de los loros sea un remedio contra la soledad.

Miguel Robles, dueño de la tienda Multimascotas El Robles, dedica un día de su semana a algo muy especial. Con esta actividad busca más que divertir; romper la rutina diaria de los residentes, ayudando a disminuir uno de los problemas más comunes entre los mayores: la soledad. Cada semana, él recorre una nueva residencia o centro, donde los animales no solo sirven como entretenimiento, sino como una forma de promover la interacción social y mejorar el bienestar emocional de los residentes.

Una actividad diferente que rompe la rutina

Esta semana acude a la Residencia Ballesol San Carlos, en el distrito de Cruz del Humilladero de Málaga capital. En este centro el impacto es inmediato. Los residentes se animan, interactúan entre ellos y se desconectan de su rutina diaria. Para muchos de ellos, la visita de los loros es algo por lo que esperan con ilusión, un pequeño cambio que mejora su estado de ánimo y su relación social.

«Cuando programamos actividades concretas especiales, si que sienten admiración por conocer esa nueva actividad», dice Esther Rodríguez, la directora de la residencia Ballesol San Carlos. «Aunque tenemos actividades programadas, este tipo de actividades externas siempre hace ilusión y aporta algo diferente», añade la directora de Ballesol.

El anuncio que inspiró su idea

«Vi un anuncio de Santa Lucía en el descanso mientras veía el fútbol», dice Miguel Robles. «El anuncio decía: ‘No hay nada más humano que ayudar y ser ayudado’. Y a partir de ahí tomé acción», enfatiza. Fue entonces cuando empezó a enviar correos a residencias de Málaga para ofrecer su actividad de forma altruista. «Tengo equipo, ganas, experiencia y mis loros», comenta Martín, quien empezó hace dos meses a realizar estas visitas.

«Tengo equipo, ganas, experiencia y mis loros»

Lo interesante de esta historia es que Robles no recibe dinero por su tiempo ni por sus animales. Lo hace por ayudar, por ofrecer una compañía diferente, que rompa con la rutina y traiga sonrisas y conversación a quienes más lo necesitan. «A mí esto me llena de alegría», comenta Miguel Robles, quien sigue con su misión de llevar un poco de alegría a las vidas de quienes más lo necesitan.

La dinámica de la actividad

Miguel Robles comienza cada visita con la música de la banda sonora de ‘Piratas del Caribe’ y crea un ambiente alegre y emocionante desde el primer momento. Luego, presenta a los loros: Dora, un guacamayo azul y amarillo, y Kiara, un guacamayo gigante rojo, verde y azul. Robles recorre el centro para que todos puedan ver a los loros, interactuar con ellos y tomar fotos. Los residentes tienen la oportunidad de alimentarlos, acariciarlos y, lo más destacado, tocarlos, una experiencia única.

Robles cuenta curiosidades sobre los loros, como que estos animales pueden vivir entre 50 y 80 años dependiendo de las condiciones. «Son animales de selva, necesitan mucho sol y agua, y su plumaje es esencial para su supervivencia», explica. Además, permite que los residentes los toquen, se hagan fotos con ellos y, en algunos casos, los loros se posan en los brazos de los residentes, lo que genera una conexión especial. «Me encanta que hagan actividades como estas. Ojalá las repitieran más a menudo, porque son muy divertidas y te sacan de la rutina»  dice Francisca Madera, una de las residentes.

La historia de Dora y Kiara: un vínculo especial

Robles no siempre ha tenido a estos loros. Dora, un guacamayo de 3 años, llegó a él el 7 de julio tras un acuerdo con un amigo que no podía mantenerla debido al ruido que generaba el loro en su hogar. Kiara, por otro lado, llegó el 29 de septiembre. Provenía de Fuentepiedra, donde una mujer no podía seguir cuidando de ella, por lo que Martín acordó hacerse cargo de Kiara.

Ambos loros viven ahora en su tienda, pero Dora también disfrutan de salidas al campo para hacer vuelo libre y estar en contacto con la naturaleza, ya que Kiara, al tratarse de un animal de compañía, nunca ha volado. No todo ha sido fácil. Una vez, un águila atacó a Dora y Kiara mientras estaban en el campo, lo que dejó a Dora con un miedo evidente hacia otros animales. “Es algo que todavía le afecta, se asusta cuando ve a otras aves”, comenta Robles.

Los loros son animales muy sociales, por lo que Robles los tiene juntos para evitar el estrés que provoca la soledad en los loros. “Los loros tienden a arrancarse las plumas cuando están solos, eso se llama picaje”, explica. Dora y Kiara son dos hembras, lo que también ayuda a su bienestar.

Soledad en España es un un problema que crece

En España, la soledad es una de las principales preocupaciones de salud pública, especialmente entre las personas mayores. Según el Barómetro de la Soledad No Deseada 2024, uno de cada cinco españoles experimenta la soledad de manera no deseada. Este porcentaje asciende a un 20% de la población general, pero es aún más pronunciado entre los mayores. En las personas mayores de 65 años, la soledad no deseada afecta a más del 14,5% de la población, y sube al 20% en aquellos mayores de 75 años.

La soledad no solo es un factor emocional negativo; también tiene repercusiones serias sobre la salud física y mental de las personas. La Fundación Amigos de los Mayores reporta que más de 2 millones de personas mayores viven solas en España, lo que pone de manifiesto la magnitud del problema en las residencias y centros geriátricos. La intervención de personas como Miguel Robles, que se dedica a romper este aislamiento mediante la compañía de sus loros, resulta ser una respuesta concreta y emotiva frente a esta realidad.

Miguel Robles no es solo un acto de generosidad. Es un recordatorio de la importancia de la compañía, la interacción social y el poder curativo de los animales. En un mundo donde la soledad de los mayores aumenta cada año, su dedicación representa una luz de esperanza, mostrando que la empatía y la acción personal pueden marcar una diferencia real en la vida de muchas personas.

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