El Ministerio de Cultura ha decidido asignar definitivamente los retratos de Carlos IV y María Luisa de Parma, pintados en 1789 por Francisco de Goya y Lucientes, al Museo de Bellas Artes de Sevilla. La medida llega después de que el Tribunal Supremo confirmara que ambas obras siempre han sido propiedad del Estado, cerrando así un largo litigio sobre su titularidad.
Con esta decisión, el Ministerio garantiza que los lienzos permanecerán en Sevilla, ciudad para la que fueron concebidos en el siglo XVIII. La comunicación oficial ya ha sido trasladada a la Junta de Andalucía, que gestiona el museo aunque su titularidad es estatal.
Actualmente, las dos pinturas se encuentran bajo custodia del Archivo General de Indias. Una de ellas forma parte de una exposición temporal que concluirá el próximo 15 de junio, momento en el que ambas serán trasladadas al museo sevillano.
Una resolución tras años de litigio
El origen de esta decisión se remonta a 2017, cuando Altadis, empresa heredera de Tabacalera S.A., reclamó la propiedad de los cuadros. Esta reclamación abrió un proceso judicial que se ha prolongado durante años hasta resolverse el pasado marzo con la sentencia del Supremo, que reconoció la titularidad pública de las obras.
A partir de ese fallo, quedaba pendiente determinar el destino final de los retratos. La resolución adoptada ahora por el Ministerio de Cultura cierra definitivamente este proceso, asegurando su integración en una colección pública. La historia de ambos cuadros refleja también los cambios en la gestión del monopolio del tabaco en España, desde la Real Fábrica de Tabacos hasta su transformación en empresa pública en el siglo XX.
Los retratos fueron encargados a Goya en 1789 por los trabajadores de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla para celebrar la subida al trono de Carlos IV y María Luisa de Parma. Formaron parte de las fiestas organizadas en la ciudad, en concreto dentro de un montaje efímero conocido como ‘Templo de la Fama’.
Tras las celebraciones, las pinturas pasaron a decorar el interior del edificio de la fábrica, iniciando un recorrido histórico que las llevaría a distintos emplazamientos entre Sevilla y Madrid. Su regreso definitivo a Sevilla refuerza el vínculo original de las obras con la ciudad y su contexto histórico.
Refuerzo del discurso museístico
La incorporación de los retratos al Museo de Bellas Artes permitirá completar el relato expositivo de la institución, especialmente en lo relativo a la historia local y a las celebraciones vinculadas a la monarquía. Estas obras se sumarán a otras piezas ya presentes en el museo, como los cuadros de Domingo Martínez sobre festejos relacionados con la Real Fábrica de Tabacos, ampliando así la contextualización artística e histórica del periodo. Además, su exhibición pública facilitará el acceso de los visitantes a dos piezas clave del retrato oficial de finales del siglo XVIII.
Goya pintó ambos cuadros en el mismo año de la Revolución Francesa, un contexto que influyó en la imagen proyectada de los monarcas. En ellos, Carlos IV aparece con una expresión cercana, alejada de la rigidez tradicional, aunque acompañado de símbolos de poder como la corona y el manto de armiño.
Por su parte, María Luisa de Parma es representada con un vestido de seda azul, tocado y abanico, mostrando también los atributos de su condición real. Ambos lienzos comparten elementos simbólicos que refuerzan su carácter institucional.
El encargo tuvo un coste de 4.000 reales de vellón, según consta en el recibo firmado por el propio Goya en mayo de 1789, en el que se especifica además que las obras fueron realizadas sin intervención de ayudantes.
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