Habían avisado los jugadores de Francia, de Inglaterra, de Noruega y de Brasil. El césped del Metlife no estaba bien y se ha podido comprobar durante la final. El verde ha dejado mucho que desear en el evento deportivo más visto del mundo.
En cualquier nación entendida del balompié habrán visto que esto no era el césped lustroso de campos de la Premier League, de la Bundelisga o el que con mucho trabajo y jardineros de primer nivel se consigue en muchas ocasiones en la Primera División Española.
El campo estaba duro y no ha favorecido el juego vistoso. Un campo en un estado de juego lamentable para un evento de miles de millones y de euros como la final de una Copa del Mundo.
En muchos momentos, se han visto jugadas que se han visto truncadas porque el tapete no era tal. Y precisamente más daño hace a España, la Selección que más fútbol propone en medio de la interrupciones y faltas constantes de Argentina.
Inaceptable para una cita de esta magnitud
Antes del partido ya existían numerosas voces de alarma sobre el estado, pero la final terminó confirmando todos los temores. Las dificultades para que el balón circulara con fluidez y la inseguridad en algunos apoyos de las futbolistas evidenciaron que el terreno de juego no estaba a la altura de una cita de semejante magnitud. En un torneo que pretende ser el escaparate del mejor fútbol del mundo, el estado del césped acabó convirtiéndose en un protagonista no deseado, reabriendo el debate sobre la exigencia que debe imponerse a las sedes para garantizar unas condiciones óptimas en un evento de este nivel



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