Nadie quiere ser el que pone el límite. Ni el padre que dice que no a la fiesta. Ni el empresario que se juega el pellejo contratando a alguien cuando nadie más se atreve. Ni el Estado que tiene que decir, en voz alta y sin matices: esto aquí no se hace.
Todos preferimos la parte bonita. Los derechos, la acogida, el sí. La parte incómoda, la obligación, el límite, el no, la dejamos para otro. Es más fácil ser el que da que el que exige. Más fácil ser el amigo que el que educa.
Y lo entiendo, porque España tiene algo que atrae de verdad. Geografía, clima, comida, carácter, una forma de vivir que en gran parte del mundo simplemente no existe. Que la gente quiera venir aquí, que quiera prosperar, que huya de algo y busque otra vida, es de lo más humano que hay. Ahí no hace falta explicar nada más: cualquiera haría lo mismo en su lugar.
El problema no es que la gente quiera venir. El problema es que llevamos años queriendo montar una fiesta que no estamos dispuestos a pagar entre todos.
Todos preferimos la parte bonita. Los derechos, la acogida, el sí. La parte incómoda, la obligación, el límite, el no, la dejamos para otro. Es más fácil ser el que da que el que exige. Más fácil ser el amigo que el que educa
Y aquí no hay inocentes. El Estado, desde luego, con sus plazos que no cumple y sus criterios que cambian según la provincia. Pero también cada uno de nosotros. Tú, cuando contratas en negro a quien cuida a tus padres. Tú, cuando eliges el bar donde sabes que todo el personal está sin contrato porque el café sale quince céntimos más barato. Tú, cuando pides una ayuda que sabes que no te corresponde del todo.
Nada de eso es trivial. Todo eso tiene un coste, y ese coste no desaparece porque miremos hacia otro lado. Alguien lo acaba pagando, casi siempre el que tiene menos margen para protestar.
Y el límite roto no es solo el de fuera hacia dentro. Varios clientes nos lo han dicho sin rodeos: prefieren el subsidio y que se les pague en negro antes que un contrato formal. Y ese subsidio, con toda su lógica y necesidad, lo financian los impuestos de la misma empresa a la que le estamos pidiendo que arriesgue y contrate. Si el sistema no exige coherencia a nadie, ni al que no declara ni al que no quiere trabajar teniendo cómo, ¿por qué íbamos a exigírsela solo al que llega?
Para mí todo esto se resume en una sola idea: tus derechos terminan donde empiezan los del otro. Ese es el límite, y es el mismo para todos, vengas de donde vengas.
Lo que sí cambia es otra cosa. A quien acaba de llegar hay que explicarle la regla con toda claridad, porque todavía no la conoce. Eso no es sospecha, es respeto. Es como cuando entra un amigo nuevo de tu hijo en casa por primera vez: no le tratas peor que a los demás, pero sí le dices desde el primer minuto lo que en esa casa no se hace, porque asumes, con razón, que nadie se lo ha explicado antes. A tu propio hijo, en cambio, puede que se lo tengas que repetir mil veces, y aun así se salte la norma, como cualquier adolescente que organiza una fiesta a escondidas. La diferencia no es de origen. Es de que unos ya conocen las reglas de la casa y otros están conociéndolas ahora.
El ejemplo más extremo de lo que pasa cuando el límite no existe, o existe pero nadie lo sostiene, lo hemos visto este verano en Ceuta. Decenas de miles de personas cruzando en un solo episodio, un dispositivo desbordado, una ciudad en shock. Ahí no gana nadie. No gana quien llega en esas condiciones, sin ninguna vía ordenada por delante. No gana quien ya estaba. El caos no protege al vulnerable, lo expone más.
Y esto conecta directamente con lo que estamos viendo ahora, de forma mucho más silenciosa, en la regularización extraordinaria. Cuando aflora una relación laboral que llevaba años en la sombra, aflora también su coste real. Y ese coste no lo puede seguir asumiendo solo quien menos margen tiene para hacerlo. Formalizar es de justicia. Pero exigir formalidad sin construir las condiciones para sostenerla es trasladar el problema, no resolverlo.
Queremos un país que acoja. Para que eso sea posible, hace falta uno que también sepa poner límites y, sobre todo, sostenerlos con la misma constancia con la que pide derechos. Ese ejercicio empieza en las instituciones, pero no termina ahí. Empieza también en cada uno de nosotros, cada vez que decidimos qué estamos dispuestos a pagar de verdad por el país que decimos querer.
Por Guillermo J. Valderrábano, fundador de ExtranjeriaClara.com



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