Con la llegada del otoño, llega uno de los momentos favoritos de los malagueños: las castañas. Son muchas las familias que cada 1 de octubre montan su puesto para afrontar una campaña con la que obtener su principal fuente de ingresos. El frío, el humo y el olor característico marcan el comienzo de esta temporada. Pero este año los castañeros hacen frente a una estación más cálida de lo habitual.
Cerca de los quioscos tradicionales de castañas, viandantes degustan un helado o pasean todavía con la ropa de verano. Las temporadas más gélidas de otros puntos del país no son la tónica en las calles de Málaga. «Los mismos clientes me dicen que con estas temperaturas pueden irse a comer castañas a la playa», cuenta una vendedora de uno de estos habituales tenderetes.
A pesar de esto, los malagueños siguen acudiendo a ellos para probar la primera remesa de la campaña. «La gente las cogen con ganas, tienen ganas ya de ese frío, la lluvia y estar en casa al calentito», señala esta trabajadora.
Niños y mayores, clientes estrella
El prototipo de comprador, aseguran estos vendedores ambulantes, es bastante heterogéneo. Pese a ser una costumbre histórica, aseguran que los jóvenes «siguen comprando castañas». Además, dentro de ese público de todas las edades que se acerca, «niños y mayores» conforman la mayoría de sus clientes.
Abuelos y padres llevan a los más pequeños a probar sus primeras castañas, y así dan continuidad a una tradición que sigue perpetuándose a lo largo de hace años.
Otra de las cuestiones invariables, algo a resaltar en el actual contexto económico, es su precio y su manera de cobrarlas: cinco unidades valen un euro, independiente del peso.
Una tradición para sus vendedores
Para los castañeros, el comienzo de cada temporada también es una fecha especial. Una tradición que pasa de generación en generación. Carlos, vendedor desde hace más de 20 años, cuenta cómo su familia mantiene gran parte de puestos del centro de Málaga y cómo su bisabuela lo empezó todo: «La tradición en mi familia la comenzó Moma Serrano. Ella se la enseñó a mi padre y nosotros veníamos aquí desde chicos con nuestros padres, y en unos años lo harán nuestros hijos».
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