El malaguismo no entiende de fronteras, raciocinio ni límites. Cada vez que el Málaga juega lejos de su estadio sobran las palabras. Ya se han normalizado estampas que eran únicas e irrepetibles y se han convertido en costumbre. Si ha ocurrido en las 21 jornadas como visitantes en el playoff no iba a ser menos.
El viaje a Gran Canaria reúne a centenares de malaguistas con una misma obsesión y un objetivo compartido: estar un pasito más cerca de Primera. No son semifinales de Champions, pero como si lo fueran.
Desde el viernes la isla se ha ido tiñendo de blanquiazul poco a poco y ya el domingo se llega al punto álgido.



Al equipo lo despidieron como estrellas del rock, como solía decir Sergio Pellicer. Los recibieron como héroes en Gran Canaria, como si lo del resultado fuera lo de menos, y le darán el último aliento en el estadio antes de la que será la primera de las cuatro finales, si todo va bien. El último aliento de una ciudad, una pasión y un sentimiento incomprensible para aquellos que no la no comparten.
Málaga está preparada. En lugar del verde y morado, el blanco y azul se lleva por bandera. Todo por ellos, todo por su Málaga. Destinados a la grandeza.



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