Cuando la mayoría de los municipios se prepara para dormir, Valenzuela despierta. En la madrugada previa al Corpus Christi, este pequeño pueblo de la campiña cordobesa vive una de sus noches más especiales: cientos de vecinos salen a la calle con cubos de serrín, moldes y escobas para transformar calzadas y plazas en grandes alfombras de colores. Lo hacen desde hace generaciones, con la misma dedicación, y el resultado es lo que cada año convierte a esta localidad en un referente festivo de la provincia de Córdoba.
La fiesta del Corpus Christi de Valenzuela está declarada de Interés Turístico Provincial y atrae cada año a visitantes de fuera del municipio que quieren ser testigos de una tradición que combina fe, arte efímero y convivencia vecinal.
La noche que transforma el pueblo
El trabajo comenzó, como cada año, cuando las campanas anunciaron el inicio de los preparativos. Desde ese momento, vecinos de todas las edades ocuparon las nueve calles del recorrido procesional para ir colocando, con precisión y paciencia, el serrín teñido de distintos colores sobre los dibujos previamente trazados con tiza o cal en el pavimento. En total, las alfombras cubren cerca de 3.000 metros cuadrados y han requerido aproximadamente 7.000 kilos de serrín y 1.500 kilos de sal.
Las alfombras del Corpus de Valenzuela cubren 3.000 metros cuadrados con 7.000 kilos de serrín y 1.500 kilos de sal colocados por vecinos durante la madrugada
Los dibujos que decoran las alfombras no nacen en la noche: tienen su origen en las aulas del colegio del pueblo. Los alumnos participan en un concurso de diseño cuyos trabajos sirven de inspiración para las composiciones que después se plasman en las calles. Es una forma de involucrar a los más jóvenes desde la raíz misma de la tradición.
Del aula a la calle
A lo largo del recorrido, las fachadas de las casas también forman parte de la decoración. Los vecinos engalanan ventanas y balcones con mantones de manila y colchas, lo que multiplica el colorido del conjunto y hace del itinerario procesional un espectáculo visual completo, de suelo a vuelo.
La jornada también ha incluido música clásica desde media mañana en los rincones más emblemáticos de la localidad, lo que ha dado a la celebración un carácter festivo y cultural más amplio.
Balcones con mantones de manila, música clásica en las plazas y la participación de todo el pueblo hacen del Corpus de Valenzuela una fiesta que va más allá de lo religioso
Una fiesta de todo el pueblo
Uno de los aspectos más representativos de este Corpus es la participación intergeneracional. Niños, jóvenes, adultos y mayores trabajan juntos durante horas, codo con codo, sin que la edad marque ninguna diferencia. Esta imagen se repite en cada esquina y es, para muchos vecinos, la esencia real de la celebración. «Es impagable y es una cosa de todo el pueblo», resume con precisión quien la vive desde dentro.
No todos los que participan son del municipio. Cada año llegan visitantes de otros lugares que se incorporan a los trabajos nocturnos o simplemente observan cómo una comunidad entera se vuelca en mantener viva una costumbre. La experiencia suele sorprender a quienes la viven por primera vez.
La participación intergeneracional es uno de los rasgos más reconocibles del Corpus de Valenzuela: niños, jóvenes, adultos y mayores trabajan juntos durante la madrugada
Tradición con siglos de historia
La raíz de esta tradición es antigua. Antes de que existieran las alfombras de serrín, las calles de Valenzuela —entonces sin pavimentar— se cubrían con juncia, una planta aromática que se extendía sobre el suelo como señal de celebración. Con el paso del tiempo, ese gesto sencillo evolucionó hasta convertirse en las elaboradas composiciones multicolores que hoy caracterizan la fiesta.
La procesión del Corpus Christi, que recorre las calles engalanadas, porta la custodia del municipio, una pieza de casi tres siglos de antigüedad. La celebración concluyó con la misa solemne y la procesión de la Santa Custodia, que discurrió a partir de las 19.00 horas por las alfombras confeccionadas durante la noche anterior. Una vez que el cortejo pasa, las obras de arte efímero que tanto trabajo han costado desaparecen bajo los pasos de la comitiva, completando así el ciclo de una tradición que se renueva cada año con la misma ilusión.



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