Hay historias silenciosas que rara vez ocupan titulares, pero que cambian vidas cada día. La de Mariví Barbero es una de ellas. Esta sevillana lleva más de una década dedicada al acogimiento familiar urgente, una labor solidaria gracias a la que 16 niños han encontrado en su casa refugio, cariño y estabilidad en momentos especialmente difíciles de sus vidas.
Mariví y su marido comenzaron casi por casualidad. Con sus dos hijos ya adolescentes y tras años trabajando de madrugada en una confitería familiar, decidió hacer una pausa laboral para recuperar tiempo con su familia. Fue entonces cuando apareció la posibilidad de convertirse en familia de acogida.
«Siempre habíamos pensado en adoptar, pero un día escuchamos hablar del acogimiento y decidimos informarnos», recuerda.
Un hogar abierto para quien más lo necesita
Desde entonces, su vida cambió por completo. Los menores llegan a su hogar de manera imprevista, muchas veces con apenas unas horas de aviso y cargando historias marcadas por la vulnerabilidad, la enfermedad o el abandono.
El acogimiento urgente está pensado para niños de entre cero y siete años que necesitan salir de inmediato de su entorno familiar mientras se decide cuál será su futuro. Durante ese tiempo, las familias acogedoras se convierten en su principal apoyo emocional.
«Lo importante es que no crezcan en un centro. Un niño necesita referentes, alguien que le dé seguridad y cariño», explica Mariví.
La experiencia, asegura, obliga también a aprender a despedirse. Porque el objetivo final siempre es que esos menores puedan regresar con su familia biológica o encontrar una familia definitiva. «Cada vez que se van duele muchísimo, pero sabemos que veníamos para eso», reconoce.
Historias que dejan huella
A lo largo de estos años ha vivido situaciones especialmente duras. Una de las más difíciles fue acompañar a un bebé con graves problemas de salud derivados del consumo de drogas durante el embarazo y que finalmente falleció en su casa. «Nadie debería morir solo. Ese niño murió acompañado, sostenido por una familia», relata emocionada.
También ha acogido a menores víctimas de malos tratos o abusos, niños que poco a poco vuelven a confiar en los adultos gracias al ambiente de protección que encuentran en el hogar.
«Intentamos reparar desde el respeto y el cariño. A veces, después de mucho tiempo, terminan contándote cosas muy dolorosas que nunca habían dicho».
Más familias para una realidad desconocida
Mariví lamenta que todavía exista un gran desconocimiento sobre el acogimiento familiar y asegura que hacen falta muchas más familias dispuestas a dar el paso.
«Hay niños esperando simplemente que alguien les ayude con los deberes o les dedique tiempo. Existen distintas modalidades y cada familia puede encontrar la que mejor encaje con su situación», explica.
En Andalucía, el acogimiento depende de la Junta y se gestiona a través de asociaciones colaboradoras como Márgenes y Vínculos o Aproni en Sevilla. El proceso incluye formación y evaluación previa para preparar a las familias.
Actualmente, dos de los menores acogidos por Mariví permanecen de forma estable en su hogar debido a sus necesidades especiales. «Los niños que llegan a casa ya son familia. Aquí nadie vuelve a sentirse abandonado», afirma.
«Ellos dan mucho más de lo que reciben»
Después de once años dedicada al acogimiento, Mariví tiene claro que esta experiencia le ha cambiado la vida también a ella y a toda su familia.
«Mis hijos dicen que este ha sido el mejor aprendizaje que han tenido nunca», cuenta entre sonrisas.
Su mensaje final es una invitación a mirar de cerca una realidad que continúa siendo invisible para gran parte de la sociedad.
«La gente debería informarse. Acoger da miedo porque obliga a salir de la zona de confort, pero recibes muchísimo más de lo que entregas. Si más personas se animaran, no habría niños creciendo en centros».



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