Hay lugares que tienen duende y Baelo Claudia es uno de ellos. Quienes se dejen caer por la playa de Bolonia este verano se van a topar con un reencuentro muy esperado. El museo de su Conjunto Arqueológico, el edificio que custodia la memoria de esta esquina de la Hispania romana, vuelve a abrir tras un largo letargo. Una ambiciosa renovación que ha costado cerca de 1,3 millones de euros a las arcas de la Consejería de Cultura, Patrimonio Histórico y Deporte de la Junta de Andalucía.
La idea central no era solo restaurar las paredes. Hacía falta un vuelco absoluto. El subsuelo gaditano ha funcionado como una mina de oro durante las últimas dos décadas y el trabajo de arqueólogos y especialistas exigía un cambio de guion a la altura de los hallazgos.
Olvídense de la típica exposición estática. Esa foto fija y congelada en el tiempo que se inauguró en 2007 ya es historia. Ahora las salas ganan flexibilidad. Las vitrinas se han rediseñado para permitir que las piezas roten, una decisión más que lógica para un yacimiento tan vivo. Aquí, cada campaña de excavación obliga a reescribir y actualizar lo que sabíamos sobre el día a día a orillas del Estrecho.

Ahora Baelo se adelanta a la época romana
El nuevo recorrido arranca con un salto atrás. La aventura para el visitante empieza bastante antes de que los romanos pusieran un pie en la costa, reservando un hueco exclusivo a la época prehistórica y prerromana a través de los materiales rescatados en el yacimiento de la Silla del Papa. Desde ese punto de partida, la exposición avanza sin rodeos por los pilares de la sociedad belonense: los entresijos de su célebre industria pesquera del garum, el mundo funerario y el ambicioso programa escultórico que decoraba la urbe.
Es ahí, entre el mármol, donde emergen los dos grandes nombres propios de esta nueva era: el Doríforo y Junia Rufina. El Doríforo de Baelo Claudia es una pieza soberbia. Inspirada directamente en los cánones estéticos de Policleto, su presencia en la sala cambia las reglas del juego. Es la prueba definitiva de que este enclave marinero no era un asentamiento secundario, sino una ciudad con un nivel de sofisticación y romanización tremendo.
A unos pasos, el pasado recupera su rostro humano con la estatua original de Junia Rufina. El museo ha levantado una recreación milimétrica de su templete original cruzando datos epigráficos y arqueológicos. Impresiona verla. Pero lo verdaderamente valioso de Junia es lo que simboliza: el liderazgo y el enorme peso económico que asumieron ciertas mujeres de las élites locales como benefactoras de sus ciudades durante el Alto Imperio.
El imponente Doríforo y la matrona Junia Rufina salen de sus vitrinas para convertirse en los anfitriones de un recorrido que rompe con la rigidez del pasado.
Sacar las réplicas al viento de Tarifa
La reforma también ha servido para poner orden con bastante sentido común. Para que la experiencia sea redonda, las réplicas del reloj solar y del sileno que antes robaban sitio dentro del edificio se han mudado al exterior. Su sitio está en el yacimiento, que es donde se entienden de verdad.
Mientras tanto, de puertas para dentro, se estrena una iluminación diseñada pieza a pieza, cartelería mucho más clara, mapas e infografías de calidad. Además, se ha metido el acelerador en materia de accesibilidad universal para asegurar una visita cómoda e inclusiva.
Para los que estén cuadrando la agenda, los horarios ya están fijados. Hasta el 20 de septiembre, el museo abrirá de martes a domingo de 9:00 a 15:00 horas. Con la llegada del otoño, a partir del 21 de septiembre, el espacio estirará sus jornadas abriendo de martes a sábado hasta las 18:00 horas, manteniendo las mañanas de los domingos.
El broche de oro se pinta a mano
El remate a este despliegue arqueológico se encuentra en la sala de exposiciones temporales. Allí aguarda ‹Baelo Claudia, una historia a trazos›, una propuesta visual del ilustrador gaditano Arturo Redondo, que ha pasado dos años trabajando codo con codo con el equipo científico del conjunto para ponerle color al mármol.
Redondo consigue lo difícil: humanizar la historia antigua a base de lápiz y detalle. Su plato fuerte es una espectacular vista de pájaro que dibuja la ensenada de Bolonia en pleno siglo II. En ella se aprecia el bullicio del mercado, los templos en plena actividad, las termas humeantes y un puerto vibrante junto a las factorías de salazón. La muestra se completa con mapas explicativos y una vitrina con los bocetos originales del autor. Un lenguaje directo, didáctico y muy visual que invita a redescubrir este rincón único de nuestra historia costera.



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