Será que uno se hace ya mayor. Haber nacido en los setenta del pasado siglo empieza a significar también esto: echar de menos una forma de conversar que hoy parece una extravagancia. Recordar espacios como La clave, del recordado José Luis Balbín, y sentir cierta orfandad ante una pantalla donde apenas termina una pregunta cuando ya están sirviendo el siguiente enfrentamiento.
Había algo valioso en concederle tiempo a una idea. Escuchar cómo se construía, descubrir sus grietas, permitir que alguien la discutiera. El espectador podía salir con más preguntas de las que había traído. Y eso también era una manera de salir sabiendo más.
Hoy una duda parece una debilidad. Una explicación larga, un fracaso. Hay que responder deprisa, herir primero y dejar una frase que pueda circular sola, amputada de cualquier contexto. La política se sirve en envase desechable: mucho condimento, escaso alimento y hambre otra vez al poco rato.

Solo vale el ahora. El zasca que humilla. El reel que acaricia al algoritmo. La indignación que consigue unos segundos más de atención antes de ser sustituida por otra.
El problema aparece cuando ese ritmo deja de ser una forma de contar la política y empieza a gobernar lo que la política hace. Se elige una intervención pensando en su corte. Se busca una polémica por su rendimiento. La pregunta sobre las consecuencias queda enterrada bajo otra mucho más urgente: cuánto va a circular.
Y alrededor prospera la grada.
Hay tertulias políticas que harían parecer a El Chiringuito un retiro de monjes entregados a la contemplación. La bufanda viene cosida al cuello y el argumento se consulta en el marcador. Una misma decisión merece ovación o escándalo según el color de quien la firme. El espectador sabe quién va a aplaudir antes de que nadie abra la boca.
A ese espectáculo se incorpora la publicidad política vestida de espontaneidad: influencers a sueldo, entusiasmo por encargo, consignas que buscan pasar por ocurrencias personales. La propaganda aprende a hablar como un amigo mientras esconde la factura.
En medio de tanto ruido, cabe preguntar dónde ha quedado el programa.
Qué piensa hacer cada candidatura. Cómo. Con qué recursos. Qué intereses tendrá que enfrentar. Quién ganará con sus decisiones y quién asumirá el coste.
Son preguntas elementales. De sus respuestas depende cuánto quedará del sueldo después del alquiler, cuánto habrá que esperar una consulta o si cuidar a un familiar seguirá significando renunciar a una vida propia. Cuesta imaginar algo más relevante para una campaña. Cuesta también encontrarle espacio entre tanta competición por fabricar el incidente del día.
Qué lejos parece aquel «programa, programa, programa» de Julio Anguita. Su insistencia obligaba a volver al compromiso concreto, allí donde una promesa puede discutirse y, después, exigirse.
Porque el programa deja una huella. Permite comparar lo anunciado con lo hecho. El eslogan, en cambio, puede evaporarse sin rendir cuentas: siempre habrá otro esperando para ocupar su lugar.
Hace falta debatir con profundidad qué país propone cada cual. Examinar las medidas, confrontar sus efectos, señalar sus límites. Explicar también las renuncias. Tratar a la ciudadanía como adulta implica reconocerle capacidad para comprender algo más complejo que una consigna.
Las redes pueden ayudar a hacerlo. Una frase breve puede abrir una puerta al conocimiento. Pero detrás tiene que haber una propuesta que resista las preguntas. De lo contrario, la campaña será un escaparate deslumbrante que oculta un local vacío.
Quizá la nostalgia de aquellas conversaciones nazca de algo muy presente: el cansancio de que todo reclame nuestra atención y tan poco merezca nuestra confianza.
Balbín concedía tiempo a las preguntas. Anguita reclamaba contenido para las respuestas. Entre ambas exigencias hay una idea de democracia que merece ser defendida: la de una sociedad capaz de comprender, elegir y pedir cuentas.
Porque una campaña termina y las cámaras se apagan. Entonces llega la mañana siguiente, con su alquiler, su jornada de trabajo y su cita médica pendiente.
El algoritmo ya estará buscando otra cosa. La gente seguirá viviendo las consecuencias.
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