Loli Gómez y Pepe Ferrer todavía intentan comprender cómo pudo suceder. «Es que es una auténtica barbaridad, no pueden hacer eso», lamentan. Junto a sus tres hijos, conforman en el municipio granadino de Gójar una familia de acogida que en 2024 recibió con los brazos abiertos a una menor de siete años que se encontraba en malas condiciones. Con ellos vivió durante casi un año y medio, en el que logró dejar atrás su trauma, esbozar una dulce sonrisa y romper la barrera emocional que sus vivencias le habían construido. Pero todo ello se esfumó cuando apareció un padre de adopción con quien nunca encajó.
«La niña llega con nosotros el año 2024. Pasa en total 17 meses con nosotros. Llega emocional y físicamente con bastante deterioro. Conseguir un apego es un trabajo que ella hace con nuestra ayuda», relata Loli. «Cuando nos dicen que tiene que pasar a adopción, mostramos nuestra reticencia a Menores, ya que ella estaba perfectamente estable emocionalmente. Pero no nos tienen en cuenta por más que insistimos», abunda la madre de acogida. El proceso, sin embargo, había comenzado y no se podía detener.
La menor había sido adoptada por un hombre que vivía solo en Málaga, para formar allí una familia monoparental que, según precisan los Ferrer-Gómez, no casaba con las necesidades de la pequeña. «Nos dicen el perfil del adoptante. A ella no se le había visitado nunca en casa ni se le había escuchado, así que sabíamos que ese no era el perfil que ella necesitaba», expone Loli, que apostilla: «De hecho, no funcionó».
El Servicio de Protección de Menores, apunta la familia de acogida, consideró que Loli y Pepe no colaboraron con el acople con el padre, por lo que el infructuoso proceso de adopción terminó con la niña internada en un centro. El corazón de sus padres granadinos, mientras, en un puño.
«No pudimos despedirnos de ella»
«Me llamaron y dijeron ‘somos de la Policía Autonómica, queremos hacerle una notificación». recuerda Pepe. «Digo ‘bueno, estoy en el trabajo, si queréis venir…’. Me dijeron que no me moviera. Lo que hicieron fue fijar dónde estaba para ellos ir al colegio», asevera el padre de acogida de la pequeña. «Sin decir nada a nadie ni notificarnos, se llevaron a la niña cuatro o cinco policías, con dos o tres técnicos de Menores, sin poder despedirnos de ella, sin llevarse sus enseres más personales, sus juguetes más personales, incluso su peluche», suspira.
«Desde entonces, no la hemos vuelto a ver. No nos dejan visitarla. Esa es nuestra mayor pena, que no hemos podido, ni siquiera, decirle adiós», exterioriza Pepe. Junto a su mujer, inició una serie de movilizaciones que mantienen vivas con el objetivo de que la niña pueda regresar al hogar donde logró volver a ser feliz. Lo sostiene la madre de su compañera de clase y mejor amiga, quien ha podido «tener más contacto directo con ella y ver que estaba muy integrada en el cole y en la casa con sus padres de acogida».
«Mi hija se ha quedado a dormir aquí, han hecho fiestas de pijama y lo pasaban genial. Mi niña la echa muchísimo de menos. Quiere que la adoptemos nosotros», detalla. «Nosotros deseamos y queremos que vuelva, porque por primera vez en su vida, se sentía protegida, querida, a salvo, con sus rutinas, como cualquier niño se merece», resopla el padre de acogida. El proceso permanece enmarañado, con la pequeña todavía en un centro de menores. En su casa, mientras, la esperan con su peluche de apego, sus dibujos preferidos en la televisión y todo el cariño que Loli y Pepe tenían para darle.



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