El aumento de las actividades acuáticas durante el verano hace que también crezca el riesgo de accidentes infantiles. Ante esta situación, el enfermero de UCI Pediátrica Javier Portero insiste en que la prevención sigue siendo la medida más eficaz para evitar ahogamientos y otras emergencias. «Lo fundamental en este tipo de situaciones es la prevención», subraya, al tiempo que recuerda que la vigilancia de los menores debe ser continua, incluso cuando llevan sistemas de flotación.
Portero advierte de que un descuido de apenas unos segundos puede tener consecuencias muy graves. «Un niño pequeño, un lactante, en dos centímetros de agua se puede ahogar perfectamente», explica. Por ello, recomienda no dejar nunca a un bebé solo, ni siquiera en piscinas pequeñas o recipientes con poca agua, ya que una caída accidental puede provocar una parada cardiorrespiratoria.
El enfermero también llama la atención sobre una situación muy habitual durante el verano: las reuniones familiares o con amigos. En estos casos, señala que suele producirse una falsa sensación de seguridad porque todos creen que otra persona está pendiente del menor. «Uno por otro puede estar vigilando al niño y al final el niño caer en una piscina o en algún lugar donde exista agua», advierte. Además, recuerda que los flotadores y otros sistemas de ayuda al baño «no sustituyen nunca a la vigilancia activa».
Cuando, pese a todas las precauciones, se produce un ahogamiento y el menor entra en parada cardiorrespiratoria, Portero insiste en mantener la calma y seguir una secuencia de actuación. El primer paso consiste en comprobar si el niño responde y si respira. Si no lo hace, hay que avisar inmediatamente al 112 o llamar con el teléfono en manos libres si la persona está sola.
Actuar durante los primeros minutos
Después de pedir ayuda, el profesional sanitario explica que deben realizarse cinco insuflaciones de rescate antes de comenzar la reanimación cardiopulmonar básica. En el caso de que la maniobra la realice una persona sin formación específica en RCP pediátrica, recomienda efectuar ciclos de 30 compresiones torácicas y dos insuflaciones hasta la llegada de los servicios de emergencia.
Portero destaca que estas actuaciones durante los primeros minutos pueden resultar decisivas. «Esto es fundamental para que haya una adecuada supervivencia en el niño», afirma. También advierte de que, si no se hace nada antes de que lleguen los equipos sanitarios, el pronóstico del menor puede verse gravemente comprometido, incluso aunque posteriormente reciba soporte vital avanzado.
Además de los ahogamientos, el enfermero recuerda que el atragantamiento es otra de las emergencias pediátricas más frecuentes. Si el lactante todavía tose, aconseja no intervenir de forma brusca y dejar que siga haciéndolo, ya que la tos puede expulsar el objeto que obstruye la vía aérea. Sin embargo, si deja de toser y la obstrucción pasa a ser completa, es necesario comenzar las maniobras de desobstrucción.
En los menores de un año, Portero explica que deben alternarse cinco compresiones torácicas y cinco golpes en la espalda hasta conseguir expulsar el cuerpo extraño o hasta que el bebé pierda el conocimiento, momento en el que habrá que iniciar las maniobras de reanimación. Además, aclara que los golpes en la espalda «tienen que ser de forma vigorosa», ya que su objetivo es aumentar la presión dentro del tórax para facilitar la salida del objeto.
Maniobras adaptadas a la edad
El especialista recuerda que las técnicas cambian a partir de los 12 meses porque el tamaño y la anatomía del niño son diferentes. En estos casos, las compresiones se realizan colocando el talón de una mano sobre el centro del pecho, manteniendo la misma secuencia inicial: comprobar el estado del menor, avisar al 112, realizar cinco insuflaciones de rescate y continuar con ciclos de 30 compresiones y dos ventilaciones.
Portero concluye que conocer estas maniobras básicas puede marcar la diferencia mientras llegan los equipos de emergencias. Por ello, anima a que la población aprenda primeros auxilios y reanimación cardiopulmonar pediátrica, ya que una actuación rápida y correcta durante los primeros minutos puede aumentar las posibilidades de supervivencia y reducir las secuelas en los menores.



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