El 18 de enero, a las 19.43, un tren de Iryo que había salido de Málaga hacia Madrid descarriló a la entrada de la estación de Adamuz, en Córdoba. Sus dos últimos coches invadieron la vía contigua y chocaron con un Alvia que viajaba de Madrid a Huelva. Murieron 46 personas. Durante meses, Andalucía ha convivido con esa fecha, con sus familias y con una pregunta que todavía no tiene respuesta definitiva: cómo pudo ocurrir.
Este miércoles, 28 de octubre, a las 8.54, esa cuestión ha vuelto a plantearse unos 200 kilómetros más al norte. Un AVE de Renfe que había salido de Madrid rumbo a Sevilla alcanzó por detrás a un Iryo que estaba detenido en la vía, entre Los Yébenes y Urda (Toledo). Según los balances provisionales difundidos, hay al menos 68 fallecidos.
Son dos accidentes distintos, con causas que todo indica que también lo son, pero comparten un mismo escenario: la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla. Es la línea que en 1992 acercó el sur al resto de España, y por ella viaja cada día quien sale de Málaga, Sevilla, Córdoba o Granada hacia la capital, y quien enlaza desde Cádiz o Huelva.
Dos causas, una misma inquietud
En Adamuz, el informe preliminar de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF), publicado en abril, señaló una rotura del carril y descartó fallos previos en los trenes. El problema, por tanto, estaba en la vía.
En Toledo, las primeras informaciones apuntan en otra dirección. Según las pesquisas, el sistema que controla automáticamente la distancia entre trenes había fallado y la circulación funcionaba con un sistema de respaldo. La hipótesis inicial habla de un posible error humano, aunque ningún organismo oficial lo ha confirmado.
Si se confirma esta diferencia, cada tragedia apuntaría a un punto débil distinto del sistema ferroviario: en un caso la infraestructura y en otro la gestión de la circulación. Responder a esa cuestión corresponde a los investigadores y no a las primeras horas. Pero muchos viajeros andaluces se la están haciendo ya, y es comprensible, porque se suben a esos trenes cada semana.

Un año que cambia la referencia
Hasta 2026, Angrois era el nombre que resumía la peor tragedia de la alta velocidad española: 80 muertos en Santiago de Compostela en 2013. Si se confirman los balances provisionales, Adamuz y Toledo suman más de un centenar de víctimas en menos de diez meses. Ningún tramo de la red había acumulado tanto dolor en tan poco tiempo.
Más allá de las cifras, hay una diferencia de fondo. Angrois fue un hecho aislado. La repetición, en cambio, obliga a mirar más allá de cada accidente por separado y a preguntarse si existe algo común entre ellos o si se trata de dos fatalidades independientes. Esa respuesta también está pendiente.
Lo que queda por saber
La CIAF tiene ahora dos investigaciones abiertas sobre el mismo corredor. La de Adamuz aún no tiene conclusiones definitivas. La de Toledo acaba de empezar. Mientras tanto, la alta velocidad entre Madrid y Andalucía vuelve a estar cortada, como lo estuvo en enero, y miles de viajeros consultan de nuevo si su tren saldrá.
En Andalucía, el tren de alta velocidad ha sido durante tres décadas un símbolo de cercanía. Hoy, por segunda vez este año, es también motivo de duelo. Las respuestas técnicas llegarán con los informes. La necesidad de entender qué ha pasado, en Adamuz y ahora en Toledo, ya está aquí.
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