Una calavera de azúcar, una vela encendida, un camino de flores naranjas y un espejo. En el altar del Día de Muertos, nada está colocado al azar. Cada elemento tiene una función y una historia, desde guiar a las almas hasta ofrecerles agua y alimento después de un largo viaje. El objetivo es recibir a los seres queridos fallecidos y compartir con ellos, simbólicamente, un día al año.
La tradición mexicana, que se celebra especialmente el 1 y el 2 de noviembre, combina creencias indígenas y elementos incorporados con la llegada del catolicismo.
Una invitación para regresar a casa
«En el Día de Muertos, la tradición mexicana invita a sus familiares, a los que más quieren, a que vuelvan a su casa para pasar y disfrutar un día con ellos», explica Victoria Sabino, Coordinadora de Comunicación del Museo Precolombino. A diferencia de la visión de Halloween, que en el relato tradicional evoca una noche en la que se debilita la frontera entre vivos y muertos, la ofrenda mexicana se centra en recibir a los difuntos y honrar su memoria.
Por eso, el primer elemento imprescindible es la fotografía de la persona a la que se dedica el altar. A su alrededor se colocan sus comidas, bebidas y objetos favoritos, junto con símbolos que representan el recorrido entre el mundo terrenal y el espiritual.
Flores, agua y fuego para guiar a las almas
El camino de pétalos de cempasúchil, la característica flor naranja o amarilla, ayuda a orientar a las almas gracias a su color y aroma. Las velas iluminan su llegada y el agua se ofrece para calmar la sed tras el viaje. También pueden colocarse jabón y otros elementos para el aseo, como explica Sabino.
La ofrenda incorpora los cuatro elementos de la naturaleza: la tierra aparece en los frutos; el fuego, en las velas; el aire, en el papel picado, y el agua, en los vasos dispuestos para los difuntos. No son simples adornos: cada pieza contribuye a construir ese recibimiento simbólico.
El espejo, la última pieza del ritual
Entre todos los objetos, hay uno que sorprende especialmente: el espejo. «Sirve para que el alma pueda reconocerse como fallecida y regresar al mundo de los muertos una vez concluida la visita», señala Sabino. El altar puede incluir además un «xoloitzcuintle», el perro asociado tradicionalmente con la guía de las almas hacia el inframundo, así como alebrijes y otras artesanías mexicanas.
Cada familia adapta la ofrenda a sus propias costumbres, pero la idea permanece: preparar la casa para quienes ya no están. Porque, durante el Día de Muertos, recordar no consiste únicamente en mirar al pasado, sino en mantener abierto, al menos simbólicamente, el camino de vuelta.
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